Antonio Rodríguez Vicéns

Fascismo y mentira en cuatro tiempos

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El domingo 16 de agosto de 1936, por la tarde, en Granada, fue detenido Federico García Lorca. Fue llevado primero al Gobierno Civil y luego a una “villa no muy grande, bonita”, cerca de Víznar, llamada ‘La Colonia’. El miércoles 20 de agosto, al amanecer, fue fusilado.

No se ha descubierto dónde fue enterrado. Franco, entrevistado en 1937 por Ricardo Sáenz Hayes, periodista mexicano, dijo: “Ese escritor murió mezclado con los revoltosos…”. En el documento oficial, la inscripción de defunción del 21 de abril de 1940, se mintió: “Falleció en el mes de Agosto de 1.936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra, siendo encontrado su cadáver el día veinte del mismo mes en la carretera de Víznar a Alfacar…”.

El escritor ruso Isaak Bábel fue detenido en mayo de 1939. Acusado falsamente de ser integrante de un grupo trotskista antisoviético, agente de los servicios secretos francés y austriaco y miembro de una organización terrorista y de conspiradores, fue condenado a ser fusilado. No se informó sobre la fecha de su muerte. Años más tarde, el 18 de diciembre de 1954, la Corte militar del Tribunal Supremo de la Unión Soviética lo rehabilitó, revocó la sentencia y, al notificar su resolución, hizo constar que había muerto el 17 de marzo de 1941. Mentira. Vitali Shentalinski encontró en los archivos literarios del KGB los datos correctos: había sido fusilado e incinerado el 27 de enero de 1940.

En octubre de 1973, una “comisión especial” encabezada por el general Sergio Arellano Stark, Oficial Delegado del general Augusto Pinochet, a bordo de un helicóptero militar, en un itinerario de terror y muerte, viajó a las ciudades de Talca, Cauquenes, La Serena, Copiapó, Antofagasta y Calama. En su recorrido, sin denuncias comprobadas y sin juicios previos, hizo asesinar a setenta y dos presos políticos: en Antofagasta, donde fueron catorce, en los documentos oficiales se mintió. La periodista Patricia Verdugo Aguirre, en una minuciosa investigación, denunció que “los certificados de defunción -todos- fueron idénticos”: habían muerto, por extraña coincidencia, con “anemia aguda” y “lesiones debidas a proyectil”.

El 13 de agosto de 2015, durante las marchas de protesta realizadas en Quito, Manuela Picq, periodista y profesora universitaria, fue atacada, golpeada, vejada y detenida por miembros de la policía. En el documento oficial (el parte, combinación de incoherencias y mentiras), los policías que lo suscriben informan que, cuando realizaban casualmente “un control migratorio” (?), la señorita policía Patricia Carolina Méndez les indicó que “una ciudadana extranjera de sexo femenino” (sic) “había sido agredida por personas desconocidas”, y que “debido a la gran cantidad de personas que se encontraban en las marchas no había podido proceder a la detención de los causantes, razón por la cual había colaborado dándole los primeros auxilios…”.

arodriguez@elcomercio.org