Juan Cuvi

Fármacos y modelo médico

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16 de December de 2011 00:01

La compra pública de medicamentos no dejará de ser un laberinto mientras persista un modelo centrado en la medicalización de la salud. La veneración que profesamos por los fármacos, considerados como solución casi milagrosa a nuestros problemas de salud, está demasiado enraizada en la cultura moderna. De esto se han encargado, entre otros responsables, las gigantescas corporaciones farmacéuticas transnacionales, que basan su misión en la rentabilidad antes que en el servicio.

Los profesionales médicos también tienen su parte en el fomento de esta cultura del consumo irracional e indiscriminado de medicamentos. La absurda asociación entre solvencia profesional y tamaño de la receta ha terminado convertida en norma. El paciente no sale satisfecho de la consulta sin un arsenal de medicamentos en su bolsillo; y el médico no hace ningún esfuerzo por contradecirle, so pena de atentar contra su propio prestigio.

La encrucijada también se reproduce en el terreno político. Los gobiernos se ven acosados por una demanda social que fetichiza los servicios en desmedro de los hábitos en salud. La gente demanda infraestructura, equipos, medicamentos e insumos porque son más compatibles con la inmediatez de resultados que espera. El vértigo de la vida moderna no da tiempo para tratamientos pausados, menos contundentes pero más humanizados. La misma OPS advierte que la mayor oferta de fármacos estimula la percepción social de que estos constituyen una solución rápida a las enfermedades.

La estrategia del Ministerio de Salud, en esta segunda administración, ha cedido a esta visión, fortaleciendo el modelo curativo. Aunque esta decisión puede traducirse en una mayor agilidad en el gasto, no necesariamente se traduce en una mejora de la salud. Es más fácil comprar, contratar y construir que educar a la población. Además, la obra física complace al graderío.

Mientras el modelo se mantenga, cualquier dinero invertido corre el riesgo de caer en saco roto. Se estimula una oferta de servicios estilo “primer mundo” para encandilar a una población pobre, cuya única opción real de mejorar su salud es el autocuidado, la prevención, buenas condiciones ambientales y una mejor nutrición. Por ello los hospitales móviles provocan las mismas distorsiones que se quiere combatir: gente haciendo largas colas para acceder a un servicio con tecnología de punta.

Si el Gobierno quiere “hacer historia” (como reza la muletilla oficial) debe plantearse la construcción de un acuerdo nacional para la reforma del sector. Es decir, una suerte de Contrato Social por la Salud. Si se empiezan a ejecutar algunas de sus fases, habrá dejado una valiosa herencia para el país. El problema es que una propuesta de tan largo plazo no rinde votos.