Fernando Larenas

El fanatismo político

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26 de agosto de 2014 00:19

Después de ‘La fiesta del chivo’, ninguna novela histórica me impresionó tanto como ‘El hombre que amaba a los perros’, de Leonardo Padura. Como se sabe, la novela del escritor cubano más renombrado en la actualidad, comenzó a circular hace aproximadamente cuatro años. No voy a entrar en el análisis sobre el eje central del libro, el asesinato en México, en 1940, del líder soviético León Trotsky (Lev Davidovich), ni del romance que tuvo con Frida Kahlo, tampoco sobre los motivos que tuvo Ramón Mercader para asesinarlo con un bastón de alpinista, lo cual es narrado de forma cinematográfica por Leonardo Padura.

Algo que sí impresiona profundamente en esta novela es el nivel de fanatismo que puede despertar la política y el poder. El asesinato de Trotsky, como todos saben y así lo registra la historia, fue ideado por Iósif Stalin, uno de los personajes más siniestros y autoritarios de la humanidad, tal vez solo superado por Adolfo Hitler. Después de pasar 20 años en la cárcel sin delatar nunca a quiénes le ordenaron el asesinato, así narra Mercader:

“En la cárcel leí a Trotsky, todos los presos sabían que yo lo había matado, aunque la mayoría no tenía ni idea de quién era ni entendían por qué lo había asesinado. Ellos mataban por cosas reales, a la mujer que los engañaba, al amigo que les robaba”. En la cárcel Mercader leyó ‘La revolución traicionada’ escrita por Trotsky y se enteró de los crímenes cometidos por Stalin, lo cual lo dejó muy confundido.

Y añade: “Si antes de ir a México yo hubiese leído esos libros, creo que no lo habría asesinado. El día que yo lo maté era un cínico, en eso me había convertido, fui una marioneta, un infeliz que tenía fe y creyó lo que me dijeron”.

Si esas palabras de Mercader impresionan, qué decir del espía soviético Leonid Aleksandrovich, conocido como el general Kotov, quien planificó el asesinato: “A todos nos engañaron”, replicó el espía tras oír a Mercader.

Kotov, pese a jactarse de su amistad personal con el tirano, también fue desterrado y sufrió la represión.

La paranoia era terrible, una calle de Moscú, por la que transitaba a diario Stalin, fue clausurada, tampoco se podía plantar árboles en esa vía. Con las estatuas y bustos era otra historia; eran miles en toda la República. En Georgia, donde Stalin nació, hubo motines cuando trataron de derribar las estatuas.

Un tirano como Stalin firmó pactos con Hitler, pero acusaba a Trotsky de mantener contactos con el alemán. Firmó acuerdos con Churchill y con Roosevelt, pero esos documentos se guardan lacrados en algún lugar. En el nombre del tirano se cometían las barbaridades más grandes, como mandar a asesinar a Trotsky en su exilio mexicano. Esto es lo que puede causar el miedo al tirano. Los temores se convierten en forma de vida; así lo registra Padura en su magnífica novela histórica.

@flarenasec