Carlos Alberto Montaner

Fabricantes de burbujas

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20 de November de 2012 00:03

Los ecuatorianos, que muy pronto escogerán nuevamente a sus gobernantes, deberían mirar cuidadosamente hacia Europa y llegar a sus propias conclusiones.

En media Europa las personas están encolerizadas contra los recortes del gasto público. Los sindicatos amenazan con el puño cerrado y juran que no les quitarán “las conquistas sociales” ni se desmantelará el “Estado de bienestar”. No importa que no haya dinero para costearlo. En estas situaciones el sentido común resulta incómodo.

El espectáculo no es nuevo. Cada cierto tiempo estalla una burbuja, se destruyen millones de empleos, la economía toca fondo, la sociedad se convulsiona, el Estado entra en crisis, los gobiernos ruedan uno tras otro y la sociedad se empobrece.

Si no puede evitarse la crisis, lo que sí parece posible es limitarla y salvar al Estado de esas contracciones. ¿Cómo? Manteniendo un sector público pequeño, ágil y costeable, alejado de compromisos económicos insostenibles en épocas de vacas flacas.

Casi la fórmula contraria a cuanto hace Rafael Correa en Ecuador, un notable fabricante de burbujas públicas.

Lo asombroso es que para aprender a gobernar, el Presidente no tiene que mirar fuera de sus fronteras, sino examinar qué sucede en Guayaquil, la mayor y más poblada ciudad del país.

Mientras Correa insiste en el camino populista del estatismo y el clientelismo -especie de burbuja segregada por el Gobierno para conquistar voto- Guayaquil marcha en sentido contrario guiada por su alcalde Jaime Nebot, quien no aspira a la presidencia ecuatoriana, sino a seguir como servidor de sus conciudadanos.

Desde hace 12 años Nebot no gasta más del 15% del presupuesto en salarios y gastos fijos. El 80 restante se invierte en obras y servicios para la población y el 5% en pagar una deuda minúscula.

Guayaquil, antes una ciudad fea, sucia y atrasada, hoy es grata, moderna y limpia. Tiene 3 900 empleados para atender a más de 3 millones y medio de habitantes. Naturalmente, hay problemas, como una creciente inseguridad, pero nada comparable a mataderos como Caracas.

Esta resurrección fue posible mediante un mecanismo que debería emplear el Estado: la concesión. La Alcaldía guayaquileña describe qué necesita y la empresa privada compite por ofrecer el bien o el servicio licitado. Si pierde plata, es cosa suya. Si la empresa no trabaja bien o incumple, se le sustituye.

El Estado –sabemos- no es un buen empresario. Los políticos, además, rehúyen cualquier conflicto laboral. Como pagan con dinero ajeno, no suelen ser exigentes. Buscan votos y popularidad, no eficiencia ni buen servicio. Por eso dilapidan cantidades astronómicas.

Los ecuatorianos, antes de votar, deben mirar a Europa y, sobre todo, a Guayaquil. Es lo prudente.