Fabián Corral

Estado laico, valores y derechos

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Además de la confusión entre “derechos” y “valores”, he visto otras más respecto de laicismo, libertad de conciencia y capacidad de elección. La confusión es grave porque puede conducir a conclusiones según las cuales el poder estaría en capacidad de zanjar las disputas morales de los ciudadanos. Ese es el tema que está en el trasfondo de la discusión que, lamentablemente, no ha trascen­dido de los “cánones” confesionales e ideológicos.

1.- ¿Laicismo o anticlericalismo?
Al influjo de la Revolución Liberal, hemos terminado hablando, sin rigor conceptual, de “laicismo” y de “anticlericalismo”. Son conceptos que provienen de una fuente doctrinaria e histórica común, pero es preciso matizarlos. El anticlericalismo es una posición política e ideológica militante en contra de la presencia o influencia de la(s) Iglesia(s) en el poder político, y en otros aspectos de la vida pública (la educación, las normas y las instituciones, por ejemplo). Anticlerical es quien se opone a cualquier Iglesia o confesión como opción política, directa o indirecta, vinculante y legitimadora, y quien combate esa presencia. El anticlericalismo puede ser razonable, u optar por posiciones de intolerancia y provocar reacciones de la misma índole, como ocurrió durante la Guerra de los Cristeros, en México, en los años veinte.

El laicismo es aquella tesis, de fuente liberal, que sostiene que el Estado no debe tomar partido por religión ni por creencia, ni por Iglesia alguna, bajo el entendido que esos temas corresponden al fuero interno de las personas, y que hasta allí no llegan ni el cura ni la autoridad. Laico es quien cree en la libertad de conciencia y de elección, quien no cree en los dogmas. El laico es racionalista, pero no es necesariamente ateo; puede ser agnóstico y hasta creyente, pero no deja de ser liberal en el sentido tradicional del término, en cuanto propicia y practica la libertad y el concepto de que el bien común debe ser un ambiente generado por la sociedad y el Estado, que permita que los ciudadanos crean o no crean, según su legítimo entendimiento y convicción.

El estado laico, indiferente y respetuoso en materia religiosa, es lo opuesto al estado confesional, con religión oficial y en los a que la filiación y la militancia condicionan incluso el ejercicio de los derechos ciudadanos, como el voto.

2.- ¿Ética laica?.- Las pretensiones de que la ética sea única y que derive de los mandatos de una determinada religión, cualquiera que fuese; que la ciencia sea suplantada por el dogma; que las escrituras reemplacen a la historia; que la fe sustituya a la razón, han sido causas de no pocas tragedias humanas y de numerosos descalabros en los que la dignidad humana y la libertad han sido las víctimas. El pensamiento único en materia de religión, de moral y de política, fueron la excusa para desterrar pueblos y condenar a gente del talento de Baruch Spinoza o de Galileo Galilei. Y para fundar los gulags.

Ahora, cuando se pensaba que la intolerancia estaba enterrada, aparecen síntomas de militancia en pro de la inmovilidad conceptual, del rigor doctrinario y del prejuicio. Hay la tendencia a no hacer exámenes críticos, objetivos o científicos sobre asuntos de actualidad, que ­atañen a las convicciones y al espacio inviolable de la intimidad, esto es, a la ética.

Mal síntoma, además, porque empiezan a confundirse los “valores” con consignas. Los auténticos “valores”, entendidos como los grandes referentes que orientan la vida -generados por la sociedad y no por el Estado- tienen la particularidad y la virtud de ser, ante todo, convicciones basadas en la libertad de conciencia, en la racionalidad del ser humano, en su afecto por la verdad, en la militancia por la dignidad de cada persona. Los valores no pueden depender de doctrinas religiosas o de consignas políticas, ya que ellas excluyen la libertad de elección. Cualquiera que sea el mecanismo de inducción de la conducta, lo cierto es que dogmas y mandatos se “imponen”. Tras esos presuntos valores de fuente dogmática o ­política está el temor a una condena, la satanización de la discrepancia, la ­intolerancia frente a la diferencia de pensamiento. Los valores no tienen más propietario que cada uno. Y esa propiedad moral es irrenunciable e inviolable.

Tampoco los valores son temas que pueden implicar “juicios” o exámenes jurídicos. Los límites entre el derecho y la moral y -por cierto- la ética, no pueden borrarse, porque de allí hay un paso a convertir el pecado en delito, la disidencia en conspiración y la libertad de pensamiento en herejía.

La “ética laica” debe reivindicarse en momentos en que empiezan a confundirse los valores con doctrinas. Bastantes razones hay, además, para defender aquello de que este no puede ser asunto de tribunales. La ética laica, aquella que tiene parentesco directo con los valores sembrados en la libertad, es la que hace falta en momentos de confusión. Yo, por mi parte, apuesto a los riesgos de la libertad, antes que al seguro refugio de consignas y mandatos.

3.- Valores y derechos.- Los valores –la justicia, la vida, la libertad, la solidaridad, la tolerancia, etc.–
no son iguales a los derechos; son su necesario antecedente moral, histórico y cultural. Son los referentes y las convicciones que producen las sociedades. Los derechos son su expresión concreta en el ámbito personal, ya que pertenecen al patrimonio espiritual del individuo. La tarea del legislador es interpretar los valores y sus jerarquías, reconocerlos y articularlos en normas jurídicas, esto es, “juridificarlos”. Cuando hay coincidencia entre la norma y el valor, la ley es legítima; cuando no, la ley es ilegítima.