Fabián Corral

¿Es el mismo?

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¿Me pregunto, quienes ven al Cotopaxi desde Quito, y los que lo ven desde Latacunga, ven el mismo volcán? Sí y no. Lo miran desde perspectivas tan diversas y desde horizontes tan distintos, que, a la vez, son dos montañas, dos percepciones y diferentes sensibilidades centradas, a la vez, en el mismo objeto. Esa es la riqueza no solo del paisaje, sino de la humanidad: la diversidad, la inteligencia para admitir que el mundo no es lineal y que la realidad no es blanco y negro. Que en todo hay matices, y que debe haber generosidad y tolerancia para entender tema tan obvio, pero tan difícil.

Difícil, porque la tendencia predominante entre intelectuales y políticos, entre creyentes sometidos a todos los dogmas y mucha gente de a pie, es negar la evidencia de la diversidad, condenar a los diferentes, imponer consignas, afirmar verdades absolutas, y negar el derecho a mirar el volcán desde el otro lado, a entender la felicidad en otra forma, a no creer en lo que los fanáticos creen. Y todo ello ocurre bajo el enmascaramiento de la hipocresía, a tono con el discurso falso de la tolerancia y con la proclama del debate.

La tesis es “admitir” las diversidades, pero para que todos los gatos sean pardos. Hablar de la democracia, pero negar los derechos de las minorías. Entender la libertad como obediencia y proclamar servidumbres alentadas por el interés o por el miedo.
El principal problema de este sistema que se llama pomposamente “democracia” es pensar que las mayorías –que son simples fórmulas para solucionar el problema de la toma de decisiones- son la panacea que distingue lo verdadero de lo falso, lo ético de lo que no lo es. El problema es que quienes militan por el dogma de los derechos absolutos de las mayorías, piensan que alguien les dio derecho a negar las diversidades, a afirmar verdades únicas, a negar que el Cotopaxi puede ser, al mismo tiempo, parte de dos paisajes y horizonte de dos provincias, y que las dos perspectivas son válidas.

Las mayorías, entendidas como hechos excluyentes, como argumento de negación de los otros, terminan transformando a cualquier sistema político o cultural en dictadura.
El asambleísmo de cualquier signo político es argumento de imposición y es el peor enemigo de la democracia liberal, que es la única legítima, porque uno de sus elementos esenciales es la tolerancia; es decir, esa forma de entender el poder, la cultura y la vida misma como diversidad. Esa actitud liberal asume que los demás tienen derechos y que sus opiniones, y las perspectivas desde donde miran los temas, son respetables. Esa actitud no simplifica al mundo en la tacha y empobrecedora visión de una doctrina.

¿ Podremos construir una cultura de verdaderas diversidades? ¿Seremos capaces de entender que el Cotopaxi se puede mirar de muchas formas?