Fabián Corral

En el diccionario está el mundo

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Abro el diccionario, y se me ocurre que allí está el mundo, la cultura, la historia. Que en sus palabras, en sus modos verbales, en los giros y expresiones que contiene, están el dolor y la alegría. Que está la conquista y el mestizaje, las religiones y el laicismo. Que está la libertad y la esclavitud. Que está lo viejo y lo nuevo y que estamos todos de alguna forma retratados.

Una incursión por el diccionario es una sencilla pero fecunda aventura intelectual; es una exploración tras el sentido de las palabras y el origen de los decires. Y es el descubrimiento, renovado cada vez, de que allí, en ese libro gordo y a veces desvencijado por el uso, está la historia, la grande y la cotidiana, está la evidencia de cómo el viejo castellano que llegó en tono de conquista hace quinientos años, se dejó penetrar por el quichua, el araucano, el nahual y el guaraní.

Y de cómo, el idioma es testimonio del nacimiento de un mundo nuevo. Después, el inglés y la tecnología invadieron lo que algún día fue coto cerrado a la modernidad. Y hoy está allí casi todo, incluso la “pos verdad”, es decir, el eufemismo para designar a la mentira.

Si el lector del diccionario –que los hay, sin duda- sabe mirar, podrá encontrar, entre las largas ringleras de palabras, las huellas de las culturas regionales, de los saberes rurales y de los modismos aldeanos. Y, encontrará, por cierto, la palabra de las elites y el riguroso idioma de la tecnología, el significado de aquello que proviene de la jerga de los barrios bajos y, a la par, de lo que nació de los despachos de los académicos. El idioma cambia y endereza por rutas insólitas, porque nada está escrito en piedra y porque la palabra, como la ley, deben seguir a la vida.

El diccionario en una expresión de libertad e imaginación, es el fruto de la creatividad de seres anónimos con talento para nombrar las cosas de la vida y de la muerte, para bautizar lugares, montañas y ríos.

A veces, es también el resultado del trabajo académico que depura y racionaliza, pero el académico no puede inventar el idioma: está condenado a desentrañar el complejo
resultado de la historia, de la adaptación cultural y de la innovación. Es, de algún modo, el juez que depura, califica y preserva lo sustancial de la palabra.

Del diccionario, me fascinan las expresiones idiomáticas, esa suerte de dibujos magistrales que evocan con certeza el comportamiento humano. Cualquiera de ellas dice más que un discurso.

Su capacidad de síntesis y su innegable gracia, son testimonios de que el idioma es el recurso que nos salva del silencio y la soledad, que es el fruto de la espontaneidad y la cultura. Es el escenario donde la imaginación y el talento hacen de las suyas, porque es el último reducto que le queda a la libertad.