Pablo Ortiz García

Expiación

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5 de October de 2012 00:00

Arrastraba el peso de una infancia infeliz por la carencia de un referente paterno de quien sentir orgullo. No tener un arquetipo a quien emular lo convirtió en un ser rebelde, mal enquistado en el sistema al que, sin embargo, quería pertenecer. Pendenciero, lenguaraz y sabelotodo desde niño, no lograba ser aceptado en la sociedad de Guayaquil, su ciudad natal, que lo desdeñaba por su inflamada arrogancia y por su arribismo.

Pronto dejó el Puerto en busca de otros mundos que lo alejaran de su triste niñez, y que lo acogieran como a uno de los suyos, sin discriminación.

Su secreta ambición era el poder. Uno de los resortes, tal vez inconsciente, que lo impulsaba hacia la cumbre era la necesidad de vengarse de quienes lo habían repudiado para desde allí, desde el máximo sitial, demostrar que valía más que todos los “imbéciles” que entonces sí, le deberían rendir pleitesía. Llegó a la Presidencia de la República. El narcisista latía bajo la banda bordada con la leyenda “Mi Poder en la Constitución”.

El ángel exterminador “borraría los nombres de los indignos de hallarse en el libro de la vida”. Muy pronto afloró el ser oculto tras la máscara de benefactor. Si tenía el poder, debía ejercerlo. Ordenó sus primeras acciones autoritarias. Combatió al Congreso que pretendía maniatarlo y hábilmente maniobró para conseguir dominarlo. Controló todos los poderes del Estado, al tiempo que inventó enemigos con los cuales alimentaba al imaginario popular, siempre sediento de circo. Hostigó a la prensa y combatió a todo aquel que osara expresar ideas contrarias a las suyas. Varios periodistas fueron perseguidos y sometidos a feroz mordaza.

Consolidó su dictadura disfrazada de democracia con las reformas a la nueva Constitución redactada a su antojo. Fortaleció el presidencialismo como arma imprescindible para ejercer el poder a su gusto. Se ocupó de la obra pública y de construir vías de comunicación. A su paso sembraba vientos y, claro, cosechaba tempestades. El resentimiento lo impelía a insultar a medio mundo. No era un dechado de virtudes cristianas como la tolerancia y la bondad, pese a su auto proclamada religiosidad. Hubo varias manifestaciones de rechazo a su régimen y antiguos aliados se alejaron de su entorno desvelando sus pecados.

Los abusos de poder cometidos bajo la falaz democracia que vivía el país, ocasionaron que un grupo de ciudadanos comenzara a urdir secretamente su salida.

Un cercano colaborador, un general del Ejército, movió los hilos de quienes ejecutarían el crimen. Gabriel García Moreno fue asesinado el 6 de agosto de 1875, pocos días antes de asumir su tercer mandato.

“Expiación” es una novela recién publicada en Ecuador que narra la historia y el inevitable fin de una tiranía… de toda tiranía.