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26 de julio de 2014 00:05

Susana C. de Espinosa
scordero@elcomercio.org​

“La paradoja no es mía, es de la Historia: no hay Israel sin holocausto. El judaísmo no puede ser sino diaspórico, en Israel se aburre una cultura que no confirma en nada las promesas de la diáspora”. Lo afirma al humanista judío George Steiner, gran ensayista, crítico y teórico de la literatura, en “La barbarie de la ignorancia”, libro que contiene entrevistas realizadas a él, por el periodista Antoine Spire.

Perteneciente a esa tradición ‘a la vez rica y trágica’, Steiner continúa: “Durante dos mil años, en nuestra debilidad de víctimas, tuvimos la actitud supremamente aristocrática de no torturar a los demás”, Para él, como para tantos otros grandes intelectuales judíos, la gloria de su pueblo ha sido la de no torturar a nadie, la de no matar; y se horroriza de que Israel asuma la eliminación cotidiana del pueblo palestino como un deber ‘para sobrevivir’. El acoso que sufren los palestinos hacinados en su mínimo territorio, la carencia de medios, la falta de libertad son otras tantas formas de tortura; y lo son tanto, que en ciertos momentos, la muerte-muerte puede asumir la forma de la libertad.

El mundo sabe que matar no es la única opción del pueblo judío: lo es la de los sionistas que pueblan Israel, a quienes algunos judíos desde París, ciudad eternamente culta, reclamaban a gritos contra el horror de Gaza: ¡El sionismo es la desgracia de los judíos! Steiner está con ellos: el sionismo es su desgracia. Matar es una infinita, terrible desgracia para el que muere, y más para el que mata. Por más que en el mundo desarrollado y en el otro, todo esté creado, inventado para matar.

A los hombres de buena voluntad nos rebela hasta los tuétanos la muerte de niños, mujeres, jóvenes y viejos palestinos e israelíes… El bombardeo aleve de una escuela palestina: ¡asesinato, genocidio, qué? Mientras tanto, la ONU promete, a su estilo retardatario, siempre rezagado respecto del horror, investigar posibles violaciones de derechos humanos en Palestina.

¡Cuántos palestinos combatientes o no, muertos y lisiados tiene que haber, para que se deje de usar esa palabra ‘políticamente correcta’, anonadada, que miente sin piedad? ¿Se necesitan más evidencias que los montones de cadáveres palestinos, las casas, los servicios públicos en ruinas, para saber si es, fue y será, la guerra de Israel contra Palestina genocida o genocida? ¿Cuántas muertes impunes, palabras, tratados, acuerdos y violaciones de acuerdos, cuántas mentiras más esperamos para condenar lo insoportable?

Benjamín Netanyahu come y bebe y duerme, y manda y asiste a la guerra desde un cómodo sillón ante pantallas de tv., no solo con espantosa indiferencia, sino con el placer de poder… Como Bush y Blair y Aznar, sonrientes en el recuerdo, cuyas mentiras monumentales provocaron la guerra de Irak, comen, y beben, y duermen, y aman, sobre un Irak aún en guerra, descuajaringado, la muerte en en cada calle, división y ruina instauradas en el antiguo y profundo país…

Israel, en frase de Rosa Montero, “se ha ganado a pulso una nueva excelencia: la excelencia en el Mal”.