Fernando Tinajero

Evocación del Barranco

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Cada ciudad tiene un lugar simbólico que se identifica con ella y la representa. Generalmente es un monumento, un edificio, un lugar ceremonial casi siempre ligado con algún episodio de su historia. París tiene su Torre Eiffel y el soberbio Arco del Triunfo, así como Berlín su Puerta de Branbemburgo; Londres cuenta con su Torre tenebrosa o su Big Ben; Madrid se enorgullece de su Puerta del Sol y Roma muestra al mundo la Catedral de San Pedro y la columnata e Bernini, tan suyas como de todos los peregrinos que llegan a admirarla; Florencia es inseparable de su Ponte Vecchio y la Puerta del Paraíso, y Praga lo es del fabuloso Puente de Carlos, la Torre de la Pólvora y el Callejón del Oro. Cuenca del Ecuador tiene sus dos admirables catedrales, pero si yo tuviera que elegir, elegiría sin dudar el célebre Barranco, más antiguo que su airosa Catedral nueva, y como más pegado a la vida cotidiana, sin la distancia respetuosa ni el íntimo recogimiento que infunden los templos descomunales.

Bien sabemos que antes de ser la Cuenca soñada por el virrey Hurtado de Mendoza, fue la señorial Tomebamba que amó tanto a su hijo predilecto, el último de los Incas reconocido sin discusión en todos los rincones del fabuloso Tahuantinsuyo. Y antes todavía de la invasión incaica, fue la Guapondélig cañari. Ahora todas ellas sobreviven como mezcladas en las costumbres cotidianas y la memoria colectiva. Sobre los asentamientos nativos existe, desde 1507, la Cuenca española que heredó la nostalgia de sus fundadores. Desde entonces el Barranco es el rincón que recuerda los primeros pasos de su historia como si estuviera colgada sobre el río caudaloso atravesado por los puentes.

Si alguien camina por el malecón que bordea el Tomebamba por el costado opuesto, como quien se acercara a la Universidad o regresara de sus aulas, puede mirar la mejor perspectiva del Barranco. Es como asomarse a la intimidad de la vida, porque desde allí se puede ver la fachada posterior de las casas cuyo frente se abre a la Calle Larga. Balcones, pequeñas azoteas, muros que exhiben su inocente desnudez, ventanas en las cuales he visto a veces ropa que se ha puesto a secar bajo el sol. Reconozco el ventanal del gran comedor donde se solaza el pasajero que ha llegado a su hotel más famoso, y las escaleras posteriores de la casa del mayor de los Remigios, el poeta laureado Crespo Toral. Y todo ello está ahí, como suspendido desde el cielo, escuchando la memoria de las aguas que relatan sin cesar la saga centenaria de un pueblo que siente orgullo de sí mismo.

Hoy evoco la nostalgia del aire cuencano que tantas veces me ha llenado los pulmones. No sé si un día volveré a esa ciudad que pervive en mi memoria. Vuelvo a ver la Cruz del Vado, me asomo buscando contemplar serpenteando junto al río hacia el Puente Roto. Casi siempre solitario he caminado envidiando a quienes tienen la fortuna de vivir en esos lados. Sin saber si volveré, quiero enviar a Cuenca un saludo silencioso al celebrar su Día de la Libertad.