18 de March de 2010 00:00

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Milagros Aguirre

Hace cuatro años tuve la suerte de hacer un sobrevuelo para comprobar la presencia de campamentos madereros ilegales en el Yasuní. Ese día despejado no se me olvidará nunca. Pude ver una casa taromenani y algunas chacras, seis u ocho, de la que se alimentan varias familias. La casa estaba escondida entre la fronda. Era difícil verla, se camuflaba entre el verde. Era una casa típica de tiempos de guerra, sin patio, escondida. Lucía abandonada. Seguramente sus habitantes habían huido a buscar refugio en otro sitio. Dimos algunas vueltas sobre ella: angustia, impotencia, tristeza, emoción, una serie de sentimientos que resultan inexplicables. ¡La casa hallada no estaba en la Zona Intangible! Es más, ¡no estaba lejos de la vida colona y estaba muy cerquita del primer campamento maderero!

He seguido de cerca algunos hechos violentos sucedidos desde el 2003 sin que pase nada, sin que a la sociedad ecuatoriana se le mueva un pelo. En agosto del 2009 escuché el relato de los niños que vieron morir a su madre y hermanos: los atacantes eran varios hombres, desnudos, todos con pelo largo, alguna mujer' un fuerte grito' cada uno con un par de enormes y pesadas lanzas. Tampoco pasó nada salvo la indiferencia. Van siete meses y no se ha logrado siquiera una justa indemnización a la familia afectada.

Los dos últimos sucesos se dieron cerca al Armadillo, campo que ahora se quiere explotar a toda costa poniendo en riesgo su vida y las de los demás. Duele. Y duele más cuando en estos últimos días algunas personas del sector petrolero han declarado públicamente que dudan de esas presencias porque están fuera de la Zona Intangible.

Quienes manejaban el sector petrolero en los ochenta siguen manejándolo hoy en día. Siguen ocultando la existencia de estos pueblos como lo negaban en los tiempos de Alejandro Labaka. Lo niegan sistemáticamente.

Desde la academia, y también desde la prensa, pasa lo mismo. También se los oculta y se confunde todo. Se sigue diciendo que estos pueblos están aislados (como aislados están los wao, o los colonos de la zona, o los indígenas de Chimborazo o cualquier otro pueblo apartado y carente de servicios) y no solo eso, sino voluntariamente, es decir, se habla de ellos como si fueran un grupo de ermitaños. Y el término más novedoso: pueblos libres' seguramente de puro libres y felices fabrican lanzas para defender con ellas su territorio y su vida.

Ahora, al menos el grupo de Armadillo, está entre la espada y la pared. ¿Quién se hace responsable de lo que pase con ellos? Es hora ya de asumir en esta historia algún compromiso serio, desde la ética, desde la justicia y desde los derechos humanos.

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