22 de May de 2010 00:00

Europa y sus dilemas

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Abelardo Pachano

La gran discusión en Europa está concentrada en decir que España no es Grecia, que no se parece en nada y que no la confundan. Que maneja bien sus cosas y que no tiene problemas con su futuro, aunque es cierto que la recuperación va a ser súper lenta porque su competitividad no está en los niveles que debería y como no puede devaluar, la reducción de costos es una tarea titánica, pues hay que comprar materia prima más barata, bajar salarios nominales y subir productividad. ¡Casi una hazaña!

Portugal dice lo mismo. Grecia huele mal y nadie la quiere reconocer. Ahora se nota como les duele que sea miembro de la Unión Europea, especialmente a los alemanes, pero ya es tarde, hay que ayudarla y en eso están. Irlanda se maneja con un perfil bajo, pero tomando decisiones económicas muy duras. Lo hizo a tiempo y esa ventaja ahora resulta un activo invalorable. Italia hace silencio. No existe. Mira para otro lado.

Esto me recuerda lo que nos pasó a los países latinoamericanos cuando Argentina decidió invadir Las Malvinas y produjo, obviamente con la complicidad de la acumulación de deudas externas hechas por muchos países durante algunos años de sostenimiento de altos déficit fiscales, la famosa crisis de 1982, cuyo contagio irradió a casi todos con la excepción increíble de Colombia que supo manejarse bien en esas aguas tempestuosas.

Uno a uno fueron cayendo los países con México a la cabeza, las monedas se hicieron trizas y ese fue el comienzo de la aplicación de los programas de ajuste que devinieron en una cosecha dolorosa de daños sociales ampliamente conocida. Pero no había remedio ni otra opción. En muchos casos, las democracias pagaban los costos de sus dictaduras.

Ahora los países europeos luchan por individualizarse en un ambiente de amplios compromisos políticos, económicos, monetarios, fiscales que les hace parecer iguales. Pero que en la realidad son distintos. Lo que les une es la moneda y lo que les complica también es ella, porque por un lado es fuerte, sirve para transacciones internacionales, sostiene el valor de los patrimonios, les acerca como sociedades, pero a la vez exige respeto y políticas económicas responsables.

Claro, la diferencia con 1982 es el peso y la representatividad de las dos regiones, sus estructuras económicas y su capacidad de protección y defensa. Los latinos no teníamos una moneda común que sea aceptada en el mundo y por ello no podíamos emitir dinero que nos ayude a sobrellevar el cierre de los mercados. Los europeos sí lo tienen y ahora a ella acuden, obviamente soportados en el enorme respaldo de sus economías. Pero aún así no escapan de los ajustes que no son otra cosa que la cancelación, por las buenas o las malas, de los derroches económicos.

Las lecciones están a la vista, no hay donde perderse. Otra vez, aquellos que se salen de la línea del manejo responsable y predecible de la economía, pagan y duro por ello. Lo complejo está en discernir hasta dónde aquellos que no se salieron de los andariveles de la prudencia, la estabilidad y el equilibrio, deben contribuir con su sacrificio al sostenimiento de los otros. ¿En dónde está el límite de esa solidaridad sin poner en riesgo su bienestar? Y ahí se comprende las resistencias de Alemania y Francia que caminan paralelas con la condicionalidad, un término muy conocido en nuestro medio, de la propia Unión Europea y del FMI.

Veamos algunos números para darnos cuenta de los problemas. El PIB de la UE casi llega a 13 trillones de dólares (millones de millones), es decir, es un poquito menos al de los EE.UU. Entre los dos suman el 50% de lo que se produce en el mundo y ahora, para que vean como cambian las cosas, podríamos decir que para bien de los que manejan las cosas con seriedad, los cuatro países emergentes, llamados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) son iguales a la UE.

Grecia es un país muy pequeño dentro de la Unión Europea y a la vez un poco más de seis veces Ecuador, mientras España es veinte veces lo que somos nosotros. Es muy parecida a Argentina pero apenas un tercio de lo que produce Brasil. Y, ahora vienen los datos dolorosos. Grecia debe más de lo que produce en un año, lo que significa casi 300 000 millones de euros. España en cambio solo debe la mitad de los produce, pero en valores absolutos quiere decir 500 000 millones de euros y Portugal aporta con una cifra de 120 000 millones. Lo malo es que los tres países tienen un déficit fiscal superior al 10% del PIB y significa que no tienen dinero para pagar lo que deben.

Para no perdernos en el análisis podemos omitir Italia e Irlanda. Sus cifras complementan este panorama desilusionante y comprometido. Entonces, el reto de la UE radica en sostener estas economías para salvaguardar el gran proyecto político de la unificación continental, pero lo deben hacer sobre la base de rescatar las normas que aseguren una convivencia armónica y responsable entre todos los miembros de esa comunidad, lo cual va a llevar, sin duda alguna a una revisión profunda de los principios contenidos en el tratado de Maastrchit.

El programa de rescate aprobado hace un poco más de una semana de casi 750 000 millones de euros (un trillón de dólares) representa el 8% del PIB de la Unión Europea, cifra casi inentendible para el común de los mortales por su dimensión sideral, que para darle significado y aterrizar en un ambiente más conocido de nuestro mundo, tiene el mismo valor proporcional al déficit fiscal del Ecuador del 2010. Así de simples o complejas, según las queramos ver, son las cosas de este mundo alterado.

Por supuesto, enmendar estas economías va a tomar tiempo y enormes sacrificios. Más aún si quieren precautelar su adhesión al euro, pues el sendero de reconciliación económica obligará a replantearse las políticas de gastos desmesurados o desvinculados con la rentabilidad nacional, el redimensionamiento del Estado, su focalización en las tareas vitales, la formación de fondos de previsión y el cuidado de sus sistemas financieros.

Volver a las raíces, rescatar la lógica y el respeto a la consistencia de las decisiones con la racionalidad del mundo reconociendo que el bienestar se construye con sacrificio y perseverancia y no con dádivas o limosnas, es otra vez el gran mensaje de esta crisis que agota al mundo de las economías maduras, pero que por contagio, en un futuro no distante, puede traer secuelas en las emergentes.

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