Marco Antonio Rodríguez

Euler ‘Grande’

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Euler ‘Grande’ le llamó la patria. Ileana Espinel, José Guerra, Álvaro San Félix, José Martínez Queirolo… empezaron a llamarle así. Su apellido se transmutó en la palabra que mejor lo define y contiene. En un encuentro de escritores en Medellín, reseñistas, poetas y lectores de otros países leían con fruición los versos malhablados, sacrílegos, vulgares, tragicómicos de un tal Euler ‘Grande’. ¡Cuánta vida compartí con este inmenso poeta y mejor ser humano!

El tiempo ha pasado y nos ha dolido. Nadie ni nada se salva de su palabra: acción, refriega y exterminio. Redención de los que no tienen voz, invectiva feroz en contra de todos y de todo, llamarada que nos incinera. Borrasca que lo oculta y nos sepulta, confinados en nuestros írritos territorios. El portento de Euler: arrancar la vida de su matriz y mostrar su cabeza sangrante como si fuera un trofeo de caza.

Tiempo y tedio, amor y desamor, desidia y desamparo, expoliación, encuentros y despedidas, destellos de gozo. El ser humano con sus pequeñas muertes alojadas en su esquivo corazón. Y de todo ese áspero revoltijo, del basural humano más obsceno y maloliente, Euler saca la palabra exacta para tornarla poesía.

Seducción en la línea que pervierte el orden de las voces, más fuerte que el poder porque es mudable, en tanto que el poder se pretende inmortal.

‘Aquí Ecuador/ lastimadura de la tierra,/ hueso pelado/ por el viento y los perros…’ ‘La felicidad una vez,/ dos veces,/ ¿cuántas veces os hizo la visita?/ que a mí desde el comienzo/ me jodieron la risa/ con esa palabreja.’ ‘Ellos/ mis queridísimos amigos,/ mis nunca bien amados familiares,/ mis afectuosos prójimos,/ al frente yo/ y en la mitad/ bebiendo cera el muerto’.

Euler lidia con imágenes grotescas, engendradas por las hilarantes cabriolas que intentamos los seres humanos asidos a sueños necios.

Jamás quiso salir de su consultorio del Pobre Diablo donde mitigaba el dolor de los pobres y, de madrugada, atendía a los internos de cárceles públicas. Nunca entró a sitios que no fueran los de su barriada. No he conocido ser humano de tanta grandeza: autenticidad, honestidad, solidaridad a prueba de fuego (¿olvido su puntual visita durante mi aislamiento?). Cada vez que pudo arremetió contra su poesía que es su propia vida.

Le sobran y bastan la humana existencia y todos los jugos que de ella pueden succionarse: amargor y ternura.

‘Ya sé que no hay amigos,/ que cada cual carga su propio muerto./ Los desastres/ nos vienen dedicados,/ pero aún hay más: hiede feo el dolor,/ ahuyenta.’ Averiguación a fondo de un ahora y un aquí: la propuesta de Euler. ‘A veces el amor/ qué tropel en las venas,/ qué cosa nunca vista,/ qué fiebre de colores./ A veces el amor como pudriéndose.’ Y desde una ciudad cercana al mar, malamente enfermo, Euler ‘Grande’, el poeta de la irreverencia, sigue riéndose a mandíbula batiente de quienes creen en las quimeras creadas por el ser humano: inmortalidad, paz, igualdad, un mundo de idénticos…