Susana Cordero de Espinosa

La estupidez humana

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La nuestra, lector.
Hay ámbitos ideales para ejercer la demagogia, que definió Aristóteles hace dos mil cuatrocientos años como «forma degenerada de la Democracia que, en nombre del pueblo, instituye un gobierno tiránico”. Los demagogos son para el gran griego, “aduladores del pueblo”: halagan a los ciudadanos, alimentan sus sentimientos, prescindiendo de su inteligencia. ¡Terrible actualidad de su sabiduría!

El demagogo trae, -no a todos, por supuesto, sino a los ‘suyos’ porque separa a los que le son ‘propios’ de los que no lo son, la felicidad fácil, halagadora, envuelta en burlas, amenazas e insultos; así alimenta, a la vez, los mejores y los peores sentimientos del pueblo: equilibra la satisfacción prometida, conquistada o por conquistarse, con el placer de ver a los demás disminuir, perderse, sufrir… ¡La estupidez humana!: solo nos conquista el que, prometiéndonos la dicha, promete la desdicha a los que se atrevieron a no creer en él.

Más allá del uso que la demagogia hace de las necesidades, pobrezas e ilusiones del pueblo, repudié siempre las recetas para la felicidad que llenan el vacío de mentes inteligentes pero subdesarrolladas por la educación inexistente o mediocre, -da lo mismo- subsumidas en la estupidez ambiente que explota el demagogo. Prescindamos de recetas y de recetadores de trampas melancólicas: la vida, que no nos ahorra fiascos ni pruebas dolorosas, nos muestra lo banal de las pretensiones de todos esos ‘buenos’… Algún ‘motivador’ está por llegar al Ecuador; percibirá sumas millonarias por sus conferencias-receta. Él, el que sea, viene –como lo hizo el demagogo- para producir en nosotros la ilusión de la felicidad que llenará por instantes el trágico vacío de nuestra vida intelectual y moral.
Desconfío de risibles ministerios de la felicidad, de reinterpretaciones de los sumak kawsay -el auténtico no ofrece la plenitud de una persona sino la de la Tierra: el respeto, el amor y el cultivo de cuanto en ella existe, su aire, sus árboles y plantas, sus selvas, bosques, ríos y aguas puras, sus habitantes, que nunca la rindieron… Si se hubiera vivido, si se practicara y se viviera, no desde la letra, sino desde el espíritu, seguirían íntegras nuestras selvas, limpios nuestros ríos; Yasuní no evocaría la depredación, el dolor, sino una luminosa promesa de preservación y esperanza.

En Italia, a propósito de la muerte de un niño de ocho años por una otitis grave, cuyos padres pretendieron curar con medicina homeopática, leí esta opinión del editorialista Massimo Gramellini: “Desgraciadamente hay gente tan débil que no llega a vivir sin apoyarse en un dogma, sea religioso, político, materialista, científico, anticientífico, carnívoro o vegano”,
Aferrados a dogmas de cualquier naturaleza, color y sabor, nos sentirnos seguros; exponemos la vida de nuestros niños, sostenemos la estupidez de nuestras creencias, llevamos a los extremos lo que apenas merece una sonrisa, nunca, un acto de fe.

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