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La historia es un estorbo en los estudios de bachiller y en los universitarios; sin suficientes alumnos –cuyo interés por el pasado, si alguna vez existió, disminuye hasta el anonadamiento- no se ofrecen estudios de historia. En los colegios, la historia se reduce a la repetición de nombres y fechas, sin profundización en circunstancias, mentalidades, razones, consecuencias. Como los retratos de los presidentes en el Salón Amarillo o los nombres de las calles, todo es efigie sin raíz, nombres sin sentido: somos turistas por la patria, sin tiempo ni interés para ver más que apariencia.

En tal desprecio flagrante de la realidad presente y pasada, la lectura es un estorbo. La reflexión y discusión fructíferas, un estorbo. Un estorbo los deberes, no ya para los alumnos, sino para los mismísimos padres que no quieren saber de obligaciones más allá del trabajo y del desplazamiento, de las compras y ventas.

Estorba todo intento de adentrarse en el significado de hechos, nombres y circunstancias.

En lugar de búsqueda de conocimiento, hallamos conjeturas y bambollas de relumbrón; en lugar del oro de la verdad, el oropel de la ostentación.

Hoy recibí de una querida amiga, la escultora María Dolores Andrade, la confirmación de que, para nuestras autoridades, lo que significa volver al pasado para aprender de él, o sirve para recordarnos el horror y procurar no repetirlo, es un estorbo. Su carta, titulada “Monumento a los desaparecidos, o de cómo desaparecen los monumentos”, revela su sorpresa y pena por las pérdidas que sufre Quito, cuando desaparecen casas, plazas, barrios, ‘a favor de una modernidad buscada sin claridad conceptual por parte de los políticos de turno, que no aciertan a distinguir entre el significado del ‘buen vivir’ y el vivir bien, con dignidad y sabiduría’.

Clama contra la experiencia de habitantes que nunca tuvieron sentido de su identidad, o, si lo tuvieron, lo perdieron; contra la de ciudadanos convertidos en masa que deambula por espacios anónimos, reducida a confusión y desorden.

Se cuentan con los dedos de la mano los lugares que nos remiten a la memoria de la ciudad.

Apenas tenemos monumentos dignos más allá del casco colonial, preservado gracias a nuestra pobreza, pues en tiempos en que se destruían en las viejas ciudades americanas, templos y antiguas plazas con el fervor del malhadado ‘progreso’, no dispusimos de medios para transformar el centro histórico de Quito y de otras ciudades, en centros de negocios...

En 1997, el Municipio de Quito, la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos, la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, la Casa de la Cultura apoyaron la construcción, en el Parque El Arbolito del ‘Monumento a los Desaparecidos’, en memoria de Santiago y Andrés Restrepo Arizmendi y de una triste lista de militantes de movimientos sociales, perdidos o asesinados.

Hoy, el estorbo ha sido debidamente derrocado. Como derrocamos la historia, la literatura, la filosofía, el pensamiento. Así, sin aviso previo, calladitos, para ir dejando de recordar, de ser…

scordero@elcomercio.org