Marco Antonio Rodríguez

Estilos de morir

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Creemos que vamos a vivir toda la vida pero no es verdad, por lo que el tema siempre será pertinente. ¿Existen estilos de morir como existe una manera de usar trajes, caminar o saludar? El estilo de morir ha cambiado en cada civilización y ha evolucionado con el tiempo, según el grado de enraizamiento de las tradiciones. Y hay quienes creen que la inmortalidad y un mundo de idénticos son los dogmas más perversos inventados por el ser humano.

Los antiguos egipcios morían atribulados por su comparecencia ante Osiris, con el fundamento de sus virtudes debidamente memorizado. Los muertos egipcios no eran tales mientras sus cuerpos no fueran destruidos o sus imágenes se perpetuaran en la piedra. Momias y estatuas continúan en el imaginario humano. Es que ellos, los egipcios, se resistían a abandonar los espacios vitales de la naturaleza cuyo poder divinizaron.

En la Edad Media, la muerte fue consumación y castigo. Solución del mal de vivir. Cielo e infierno. Su presencia convierte -magia y poesía- el día en noche y la música en pena. La muerte adquiere categoría estética. El vivir muriendo se materializa: hombres y mujeres visten mortajas. La muerte se ensabana y arma, y va de ciudad en ciudad con una clepsidra en la mano. Más que decrepitud es un personaje que rezuma grandeza.

Conquistadora del tiempo, la muerte recorre victoriosa por el mundo transfigurado en su reino.
Robespierre enseñó a matar por ideales humanos, sin otro acicate que una mentida inmortalidad. El tinglado de las ejecuciones es el teatro donde se enseña -forzadamente- el estoicismo frente a la muerte. Valen más mis ideales que mi vida, preconizan los revolucionarios genuinos de todos los tiempos. Thomas Mann niega que haya héroes. El héroe, dice, es aquel que está frente a las bayonetas y de espaldas a un abismo. ¿Tiene otra opción a no ser la de convertirse en héroe?
En el Romanticismo la muerte es recreación con signos patéticos. Sumida en luces pálidas de alcoba y tuberculosis, flotando sobre lánguidos valses de Chopin y una poética decadente, la muerte deviene en vaporosa bohemia. Llorar, placer erótico. Lo ‘sublime’ (el punto más alto de otra estética) es morir en plena juventud y convocar al dolor: ser llorado junto a la sepultura y ‘escuchar’ sendas elegías. La trilogía: levita, chistera y ciprés.

En nuestro tiempo, se muere clandestinamente. Lo más generalizado es deshacerse del muerto con rapidez. Cada vez son más escasos ceremoniales que se volatilizan apenas concluidos.

La muerte, eso sí, continúa sirviendo de utilería en trivialización que vivimos. Si es posible sacar provecho de un muerto, los carroñeros se apoderan de sus restos y los blanden en su beneficio. La muerte en clínicas, erizada de tubos, se ha convertido en popular. Más terrorífica que el esqueleto de las retóricas macabras.