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31 de January de 2014 00:01

Busqué en el Diccionarios de la Real Academia de la Lengua otro calificativo menos duro para titular esta columna, pero me decidí por mantenerlo en vista de las razones que expongo a consideración de los lectores.

Es reconocido tanto en el campo privado como en el público la necesidad de auxiliar a aquellos que atraviesan por situaciones de apremio. Nadie escapa a una situación de crisis. Los países y las personas están sujetos a imponderables y por ello merecen una consideración solidaria en esos trances de infortunio .

Las explicaciones de tales circunstancias no demandan razonamientos esotéricos o enigmáticos. Responden a hechos transparentes, perfectamente entendibles. De ahí que, las sociedades pidan un trato excepcional para salir del apuro, y los demás, por lo general sus acreedores, acepten aunque sea con resignación, otorgar un alivio.

Para los deudores privados que perdieron su empleo, las acciones, por las buenas y en algunos casos a las malas, llevan a sus prestamistas o prestadores de servicios a aceptar la pérdida. Lo único que debe mediar, en ambos casos, me refiero a países y personas, es la buena fe, el afán de cumplir sus obligaciones y la imposibilidad de hacerlo.

De ahí, que al leer la noticia sobre la deuda morosa venezolana de más de 43 millones a la empresa Tame, que le representa más del 20% de sus ventas anuales, indicador con el cual cualquier entidad bancaria ya estaría intervenida, y de más de 3 500 millones de dólares a las empresas aéreas internacionales que brindan su servicio a ese país, sólo pude expresar mi admiración por el monto y el consabido enfado, pues no hay razón económica valedera para tal acto. Venezuela ha recibido en los últimos años y continúa percibiendo una cifra astronómica por sus exportaciones petroleras. Es un país rico y no tiene un solo argumento para incumplir sus obligaciones. Incluso, luego de retener los bolívares e impedir su cambio a dólares, utilizar la devaluación como mecanismo de licuefacción de deudas legítimas producto de servicios recibidos, es un acto moralmente reprochable.

Y la historia no termina ahí pues hay miles de millones adicionales no pagados por ese país, que con seguridad encontrarán algún argumento sibilino para no hacerlo. ¿En esas condiciones seguimos financiando las exportaciones a Venezuela con el sucre albino? Argentina es otro caso parecido. El cepo cambiario finalmente se quebró y ocurre también en una etapa de precios extraordinarios para sus exportaciones agrícolas, cuya productividad es motivo de elogios por los resultados obtenidos. Pues bien, las restricciones cambiarias y ahora la devaluación del peso, producirán daños no justificados en los patrimonios de aquellos que confiaron en ese hermoso y fértil país.

¿Cómo se califican estos actos?