Pablo Cuvi

El modelo gringo

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Los emblemas más vistosos del consumismo irresponsable que hemos vivido en estos últimos años son los 4 x 4, muchos de ellos oficiales, que congestionan las ciudades y corren por las autopistas rumbo a la felicidad del buen vivir. Tanta retórica antiimperialista y tanto sumak kawsay para terminar en lo mismo.

Pues si algo caracterizó al american way of life del siglo XX fue exactamente eso: los automóviles y las highways que delinearon la estructura básica de una sociedad que continúa encandilando a todo el planeta. No en vano la cleptocracia que rodea a Putin invierte sus dineros mal habidos en los apartamentos más caros de Manhattan y la mayoría de cubanos admira a Obama y sueña con equiparar su nivel de vida con el de sus parientes de Little Havana.

En esto voy pensando por la soleada autopista que conduce a San Antonio (Texas). Ahora que el básquet de la NBA se ha convertido en un espectáculo mundial, venimos en familia a mirar un partido decisivo de los famosos San Antonio Spurs, donde juega el argentino Manu Ginóbili, contra los emergentes Clippers de Los Ángeles. Más de 20 000 hinchas con los colores negro y blanco de los Spurs han llegado a respaldar a los viejos campeones.

Pero hay mucho más que baloncesto en este asunto: proliferan los sitios de venta de fast food y souvenirs, bailan las cheer-leaders y un mago hace desaparecer mujeres en el entretiempo. Sin embargo, el rey del show es un animador disfrazado de coyote que anima al público, respaldado por gigantescas pantallas de TV. Sin la agresividad de los estadios de fútbol, este ambiente colegial y festivo condensa muchos elementos de la sociedad del espectáculo y el consumo que se originó aquí y se difundió por el mundo gracias sobre todo a la televisión. Por desgracia, Manu juega un partido para el olvido y pierden los dueños de casa.

Pero lo más importante de la cultura gringa -lo que reconoce nuestro Gobierno y trata de imitar en el naciente ‘Silicon Valley’ de Yachay- son sus grandes universidades. Ahora recorro el campus de la Universidad de Texas, cuya sede de Austin tiene la mejor escuela de estudios latinoamericanos de EE.UU., y guarda maravillas como la primera Biblia impresa por Gutenberg, junto a los manuscritos de ‘Cien años de soledad’ y otras obras de Gabriel García Márquez, así como los originales de ‘Rayuela’ con las correcciones que hiciera Julio Cortázar para pulir esa obra que marcó el inicio del ‘boom’ latinoamericano y fue la biblia de los aprendices de escritor de mi generación.

¿Sí pero no? Para no olvidar las profundas contradicciones del modelo cabe rematar la vuelta universitaria en la imponente biblioteca-museo dedicada a Lyndon Johnson, el presidente texano que firmó la ley antirracista de los Derechos Civiles, pero al mismo tiempo se embarcó en la guerra imperial de Vietnam, pintando con sangre el telón de fondo de la revolución contracultural de los legendarios años 60.