23 de April de 2010 00:00

El estadista de Illinois

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Gonzalo Ruiz Álvarez

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Bajó del avión presidencial y el mundo cambió ante sus ojos. De pronto el duro crítico de las cadenas sabatinas se transformó en un ex estudiante de un centro académico que recordaba sus días felices, y valoraba ciertos aspectos de la sociedad anglosajona.

“Lamentablemente, ciertos antivalores culturales pueden anular las instituciones formales necesarias para el avance social y económico, y prevalecer como mecanismos de retraso y subdesarrollo. En este sentido, algunos de los antivalores de la cultura latinoamericana que constituyen poderosos obstáculos para que funcionen las instituciones formales, y, en particular, la democracia y el Estado de derecho, son, entre otros, la cultura de la trampa, es decir, un inexplicable deseo de romper las reglas de juego formalmente establecidas, donde el que lo hace más y de mejor forma no es el más sinverguenza, sino tan solo el más “sabido”, con lo cual se destruye toda capacidad de organización; la cultura del poder, donde las acciones se dan en función no de los derechos y obligaciones establecidas por las reglas formales, sino por la conveniencia del coyunturalmente más poderoso; y, finalmente, se encuentra lo que los psicólogos llaman “disonancia cognitiva”, esto es la incoherencia entre los valores expresados y los valores practicados, lo que genera que en lo abstracto se esté furiosamente contra ciertas conductas y situaciones, como por ejemplo la corrupción e impunidad, y en lo cotidiano se actúe en función de lo supuestamente rechazado. Los mencionados antivalores hacen que las reglas formales, más aún dada la debilidad de las organizaciones para hacerlas cumplir, queden frecuentemente en simples enunciados”.

Las arengas antiimperialistas que hemos escuchado parecen disonar con este discurso. El dueño de la verdad de las cadenas sabatinas se había transformado: “Hoy sigo teniendo mucho más preguntas que respuestas, pero al menos ya no siento tanto temor de confesar mi ignorancia. Cada vez estoy más convencido de que más que ciencia, la economía nos da un set de instrumentos para resolver problemas, y que recurrentemente la supuesta teoría económica, es a lo sumo la opinión dominante, e incluso ideología disfrazada de ciencia, como en el caso del Consenso de Washington y el neoliberalismo. Que siempre es necesaria la ética y la moral, es decir, el análisis normativo, por positiva que se crea una ciencia. Precisamente la ausencia de estas dimensiones, y el someter vida, personas y sociedades a la entelequia llamada mercado, nos ha llevado a la peor crisis global de los últimos 80 años. Creo en sociedades con mercado, pero no en sociedades de mercado. Creo en la libertad individual, que sin justicia es lo más parecido a la esclavitud”.

El discurso completo esta en la página web www.elciudadano.gov.ec. Debió pasarse en televisión en vez de las sabatinas.

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