Monseñor Julio Parrilla

El espejo roto

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El reciente sínodo, convocado por el papa Francisco, ha puesto sobre el tapete el tema, siempre candente y complejo, de la familia. Embarcados en la cultura globalizada (más desde los intereses del mercado que desde una perspectiva humanista), apenas reflexionamos hacia dónde vamos o nos llevan…

Cuando yo era joven, la vida se socializaba en familia. La casa familiar era el seno nutriente en el que alimentábamos vida, ilusiones y sueños. Sin duda que era también el espacio de nuestras frustraciones y ansiedades. Mal que bien era el espejo en el que nos mirábamos. Por el contrario, hoy, los jóvenes socializan de forma mucho más plural y autónoma: la calle, sus iguales, la universidad, los medios de comunicación, las redes sociales,… una amalgama de cosas, mensajes y propuestas no siempre fáciles de procesar. De hecho, muchos de los mensajes que los jóvenes reciben pueden ser (y, de hecho, son) contradictorios. ¡Qué difícil resulta hacer la síntesis de la propia vida! Quizá por eso la familia, lejos de perder importancia, pide una mayor atención. No sólo desde el punto afectivo y moral, sino también desde la perspectiva de las políticas de turno. Al fin y al cabo, la familia sigue siendo el espacio ético en el que, con amor y libertad, todavía podemos integrar influencias tan dispares.

El sínodo, en su comunicado final, invita a las familias a trabajar a favor de una mayor creatividad y esperanza, convencido de que, inmersos en esta selva de ideologías e intereses, la familia puede ser una auténtica comunidad profética y de contraste, capaz de amar y de sacrificarse por sus miembros más débiles, de afirmar el valor de la dignidad humana en un mundo que fácilmente se traga todo lo que le echen.

En medio de una sociedad que ha cosificado y banalizado la sexualidad, desvinculándola del amor, del matrimonio y del compromiso, que promueve el hedonismo como un valor principal, y que debilita los lazos familiares,… cuidar la familia, el amor, la ternura y el compromiso solidario, es algo urgente y decisivo.

Es preciso reivindicar la familia como una escuela integradora en la que todos puedan participar y experimentar una de las cualidades esenciales del amor: la incondicionalidad, que no termina al interno de la propia familia, sino que se abre a las necesidades de la gran familia humana y convierte a este planeta en la casa grande que todos debemos cuidar.

La casa abierta, divertida, capaz de acoger a los amigos, de mostrarse solidaria con las necesidades de los vecinos, donde, más allá de los metros cuadrados, se experimenta el calor del hogar…, es la casa, la familia que, entre todos, tenemos que defender. Lo duro de esta tarea es percibir que, en la vida de muchos adolescentes y jóvenes, el espejo se ha roto y ya sólo refleja la vida quebrada de personas que navegan a la deriva. Toca ir contracorriente.

jparrilla@elcomercio.org