Óscar Vela Descalzo

La niña del tren (II)

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La guerra civil española marcó al abuelo Juan para siempre. Desde su regreso a Madrid en 1943 hasta su muerte en 1988 fue un hombre prudente e incluso demasiado reservado cuando se tocaba en casa el tema de la Guerra Civil, un asunto del que aún hoy se sigue hablando a diario en esa España que, más de tres cuartos de siglo después, no permite que las heridas cicatricen.

Por esa reserva que el abuelo mantuvo ­como una promesa de vida, la historia de la niña del tren nunca fue aclarada totalmente. De allí que los hechos resulten ­nebulosos y la niña que siempre se pensó era Julia (que al parecer tampoco era tan niña como suponíamos, pues a su muerte habría tenido 14 o 15 años), fue probablemente la pequeña Encarnación, la
última de los hermanos.

Lo que sí recuerdan con claridad los hijos del abuelo Juan es que en los paseos familiares, cuando atravesaban la zona de Torrelodones, él solía decir en voz baja, quizá hablando consigo mismo, que en algún lugar de esos campos áridos estaba enterrada una hermana suya.

Y, aunque resulte extraño decirlo, al final no era tan importante saber el nombre de la niña o de la jovencita que murió en brazos de su madre, pues aquella madre a la que obligaron a bajar del tren con el cadáver de su hija ya había sufrido poco tiempo antes la tragedia de perder a su primera hija, Julia, en circunstancias tampoco esclarecidas en la familia.

De modo que el episodio de Torrelodones simplemente acabó con el resto de cordura que le quedaba a la madre. Esto lo digo de forma literal pues, Encarnación, a poco de haber llegado a Madrid, en medio de la miseria y el desconcierto que reinaba en el país al finalizar la guerra, se extravió mentalmente en la búsqueda frenética de sus dos hijas fallecidas y, días después, apareció muerta también en un sótano anegado de agua en un edificio vacío del centro de la ciudad.

Nunca quedó claro tampoco si cayó por un accidente en aquel sótano o se suicidó por el asedio al que le sometían el dolor y sus delirios.

Asumo que el reencuentro del abuelo con su padre y su hermana en el Madrid de la posguerra debe haber sido un suceso feliz en medio de tanta tristeza. La vida siempre es motivo de celebración incluso en los momentos más desgraciados. Por eso los imagino fundidos en un abrazo, sonriendo o llorando de alegría a pesar del abatimiento y la desolación que los envolvía.

Al final los tres estaban vivos y debían seguir adelante. Y, en efecto, todos hicieron su camino durante los años que les quedó de vida y a cada uno el destino le deparó muchos momentos de felicidad.

De hecho los recuerdos del abuelo Juan y de la tía Emilia (no del padre, Julio, pues los de esta generación no lo conocimos) son tan alegres y apacibles que nunca sospechamos que sus vidas habían sido marcadas por sombras tan siniestras.

Es probable que esta haya sido la historia de la niña del tren, también la de su hermana y la de su madre, una historia deshecha por la atrocidad de la guerra.