Marco Arauz

Esos mentirosos de siempre

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Al fin se ha venido abajo la tramoya que servía para ocultar y maquillar las cifras: el Estado acumula deudas por USD 57 788 millones, el 59% del PIB. Hay, pese a los eufemismos de los últimos tiempos, una crisis económica. Después del fiestón del petróleo, se habla de austeridad en el gasto y de priorizar las inversiones, esas que, por desmesuradas, propiciaron la corrupción.

Lenín Moreno ha optado por destapar la olla de grillos. ¿Sirve de algo la verdad? Pide corresponsabilidad ante la crisis después de haber creado un clima de confianza. ¿Sirve de algo el diálogo? ¿Se puede gobernar solo a punta de verdad y de diálogo? Probablemente no, aunque los dos debieran ser la base de un sistema político duradero. Por lo demás, pueden despejar caminos en este momento.

El presidente Moreno llegó al poder en pleno agotamiento de un modelo que eligió la confrontación social y el arrinconamiento o la aniquilación política de quienes escogió como enemigos. Que prefirió absorber todos los poderes y ser actor de la economía. Que, además, tomó grandes recursos -presentes y futuros- para sustentar una visión totalitaria y controladora de la sociedad.

Moreno no ha tenido que invertir mucho para desactivar la alta conflictividad que durante diez años se creó entre el Estado y sectores como los indígenas, los educadores o los medios privados, por citar tres casos. No ha tenido que invertir demasiado en sentar a los gremios a trabajar en la reactivación productiva, sin olvidar la responsabilidad social y ambiental.

La sociedad, en general, acoge bien ese talante. Al beneficiario de los planes sociales le da igual que estos tengan la marca registrada de un gobierno o que se hagan en colaboración con los gobiernos seccionales y con alianzas público-privadas. Los únicos que se duelen son quienes se acostumbraron a los beneficios políticos y económicos barnizados con un discurso ideológico.

Paradójicamente, el ex presidente Correa y sus adoradores perdieron el apoyo de los sectores progresistas que alentaban un cambio social pero terminaron hartándose de la falta de libertades y la confrontación. Probablemente esos ciudadanos, que en las últimas elecciones tuvieron que apoyar a candidatos de otro espectro político, se sientan ahora cómodos con la agenda y el estilo de Moreno.

Lo que han hecho sus estrategas -que los tiene- es aprovechar esa dinámica y empujar una reforma económica e institucional que coincide en mucho con la agenda de los otros ex candidatos sobre problemas concretos, con un horizonte social claro. El Presidente interpreta lo mejor que puede el momento del país.

Hay que esperar que los otros actores también lo hagan, y que en AP se acaben las resistencias interesadas. De lo contrario, el esfuerzo de dialogar y de decir la verdad -que debe incluir la fiscalización- no servirá para nada, y no solo será responsabilidad de Moreno.