Enrique Echeverría

Erradicar el insulto

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Es un hecho que, durante el gobierno pasado, hubo temor en amplios sectores de la población debido al ambiente sancionador que puso en práctica Rafael Correa. Para muchas actitudes funcionaba un ánimo represor que se traducía en acciones judiciales, en las que el ciudadano perdía su libertad.

Los medios de prensa, calificados de “corruptos” por el expresidente, quien en acto público los hacía pedazos, traía a la memoria la época de los nazis cuando quemaban libros en la plaza pública por no convenir a la dictadura de Adolfo Hitler.

El lenguaje del jefe de Estado, al referirse a los opositores, siempre fue duro, violento, amenazante. En ninguna época se utilizó tanto peyorativo contra toda clase de personas.

Recordemos unos pocos: momias cocteleras, para identificar a los diplomáticos de carrera que honraban al país. Cadáveres insepultos, gorda horrorosa, caretucos, infelices, etc. La lista es larga y los dicterios superan a cien.

El diferendo del expresidente con el actual gobernante Lenín Moreno comenzó por el uso de este hiriente lenguaje. Un acto inicial del nuevo Presidente no agradó a Correa quien utilizó, de su amplio repertorio, dos insultos: traidor y mediocre. Por ahí comenzó la batalla que hoy se libra en niveles mayores.

¿Cuál pudo ser el propósito de los “picnics”, de los fines de semana, impulsados por un diputado de Alianza País y fiel servidor del Gobierno, en los que recibían instrucción de tipo militar?

Veamos cómo en Venezuela agreden a los opositores que participan en desfiles de protesta, llegando a alrededor de cien muertos. Los actores más notorios son parte de grupos civiles, que forman las brigadas de represión.

Estas prácticas acarrean perjuicios gravísimos a los ciudadanos en su libertad personal y en el deterioro constante de su economía.

La moneda venezolana pierde valor diariamente y su poder de compra no sirve para satisfacer las necesidades. Largas hileras se forman para conseguir algunos alimentos; y, en el extremo, personas pobres aparecen revolviendo la basura en busca de algo que pudiera servirles. Niños y ancianos mueren por enfermedad, no hay medicinas suficientes.

Todo esto es lo que produce la falta de libertad, del control del Estado sobre la producción, el trato indebido a los empresarios y el riesgo de que nuestros productos tengan tal costo, que los vuelvan difíciles para venderlos en el mercado internacional.

Particularmente los medios de comunicación han constituido elementos de presión y sanciones, a manos de un grupo de controladores enrolados en la llamada Supercom. En lo económico, millones de dólares han perdido en la administración de periódicos y canales de televisión, dedicados a la propaganda del gobierno anterior.

¡Menos insultos; más trabajo y libertad!