Fabián Corral

Enseñar Derecho

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31 de May de 2012 00:01

Por deformación académica, por alguna dosis de arrogancia, o por genuina convicción, cada grupo profesional cree que la suya es la actividad principal, de la que depende la sociedad o la vida misma. Sin embargo, toda profesión, arte u oficio es respetable porque es emprendimiento humano, y es digno, porque es ejercicio de inteligencia, habilidad y constancia. Hay matices en el aprendizaje y en el ejercicio de cada uno, y en esa diversidad está la riqueza de la sociedad.

1.- El drama de enseñar Derecho.- Explicar el Derecho a jóvenes que llegan a la universidad con la ilusión de ser políticos, diplomáticos o profesionales exitosos, es uno de los dramas más interesantes que un profesor enfrenta, porque implica desentrañar, en un ejercicio de anatomía de la realidad, la estructura social y sus comportamientos; supone atreverse con la moral y sus reglas, distinguir las costumbres de las leyes, separar los prejuicios de las pautas, descubrir las tradiciones que animan a los usos; exige situar el papel de las ideas, señalar las perversiones que pueden encerrar las ideologías, puntualizar los límites del poder y la función y las responsabilidades de los intereses. La enseñanza universitaria no puede ignorar el hecho de que las leyes regulan y moldean a las personas, que son seres complejos, difíciles de meterles en los rigores de una “doma”. Y que son objeto y sujeto de su estudio esos seres morales con destinos independientes, con proyectos que deben nacer de la libertad y no del instinto. Desde esa perspectiva, enseñar Derecho es un atrevimiento que, a veces, al menos a mí, me asusta, ya que es meterse a decir cómo y por qué algo es delito o conducta deseable; es juzgar y resolver, en el modesto espacio del aula, algunos grandes temas de la humanidad. Grave empresa esa de emprender semejante aventura.

2.- El punto de partida de la libertad.- El Derecho, para algunos, es adversario de la libertad. En ese error se incurre si el enfoque es superficial, porque, entonces, el ordenamiento jurídico aparece solamente como una estructura de limitaciones, o como sistema de prohibiciones que coartan la conducta, penalizan algunos actos y organizan las iniciativas en contra de la voluntad de los sujetos. Sin embargo, vistas las cosas de otro modo, las reglas jurídicas deberían ser métodos para articular las libertades, fortalecerlas y defenderlas del abuso de los otros, perfilando los derechos individuales frente al poder y generando métodos de protección, sin los cuales la arbitrariedad será la única razón que “justifique”, o que legitime, los actos administrativos o las sanciones que, finalmente, son expresión de la voluntad de mando. En el viejo entendido de los clásicos, la libertad es la libertad bajo la ley, no la precaria libertad bajo el gobierno. Es la posibilidad de decidir bajo “el poder sin pasión”, como alguien llamó al Derecho. La verdad es que no hay libertad sin reglas.

3.- El problema de los límites y el asunto de la venganza.- En el Derecho Político, uno de los temas centrales es el problema de los límites al poder, el de los límites a la democracia, el del freno a las inclinaciones totalitarias que encierran los dogmas que inspiran a las revoluciones. Detrás de evocaciones justicieras, probablemente esté agazapada alguna dosis sobreviviente de venganza, algún plan de dominación, alguna consigna para lograr la gratuita obediencia de los súbditos. Es que, de paso, uno de los asuntos más complejos que deberá de enfrentar el profesor, es aquel de contar a sus alumnos que la justicia comenzó como venganza, y que aquello de “ojo por ojo y diente por diente” fue el primer esfuerzo civilizador para poner freno, medida y equivalencia a aquel sentimiento primitivo que está en el fondo de tantas guerras y de tanta violencia.

4.- El episodio de los derechos.- Para más de un profesor será problema el de los derechos individuales, es decir, esas concretas expresiones de dignidad que tanto estorban a algunos. Eso ocurre si el académico no alcanza a comprender, o no admite, que los derechos y las potestades de las personas son anteriores al poder y superiores a la ley, que constituyen el freno moral a la acción de los gobiernos, y más aún -como alguien dijo- son “indisponibles”, es decir, irrenunciables por los mismos titulares e intocables incluso por los estamentos democráticos y por las mayorías legislativas que no tienen facultad para atropellarlos al dictar leyes lesivas, ni propiciando actos abusivos, ni edificando sobre los individuos entelequias colectivas, que son invenciones para justificar teorías e impulsar grandezas y locuras, en las que los teóricos y los políticos de todas las latitudes han sido especialmente fértiles. El Derecho como filosofía, y el Derecho como sistema de normas, son, en último término, herramientas de los humildes, pero nobles y esenciales, derechos individuales, fundamentales, civiles o como quiera que técnicamente se los llame, derechos que, además -y esa es una de sus virtudes- son la piedra en la bota del poder.

El tema, para el profesor y para el legislador, está en conciliar los derechos subjetivos con las normas, y en entender que hay un punto de inflexión que separa el derecho del abuso, desde el cual se preserva la libertad y se señalan los límites de la legitimidad del poder y las fronteras donde comienza la arbitrariedad.

5.- El asunto de la realidad.- Pecado de los académicos e inclinación de los aprendices creer que el mundo se agota entre las paredes del aula, y que fuera de ella sobrevive intocada la teoría. No se puede ignorar la doctrina, ni debe dejarse de lado la explicación de los principios inspiradores del ordenamiento legal, no se puede prescindir de las lecturas y de la investigación, ni se debe explicar la ley ignorando el Derecho. Esas son las sustancias del aprendizaje. Pero tampoco es razonable construir paraísos que dan la espalda a la realidad. Si es así, el alumno sale armado de ilusiones a sufrir el descalabro de ese mundo ideal, cuando pisa el primer juzgado y lee sin entender la primera sentencia, porque contradice y anula los principios aprendidos. La lección de la realidad es asignatura indispensable para que la frustración, el acomodo o el cinismo no perviertan tantas brillantes carreras, tantas cabezas limpias.

Enseñar Derecho es una aventura intelectual y moral, un co-tidiano homenaje a los dere-chos y un testimonio de las libertades. Valió la pena intentar tal empresa.