Jorje H. Zalles

Enemigos y amigos

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Hay quienes son sus propios peores enemigos: interfieren, cometiendo torpezas, con la satisfacción de sus mayores anhelos, antagonizan a quienes quieren tener cerca o de su lado, empeoran situaciones que tratan de mejorar. Sin darse cuenta de que son ellos los culpables de sus infortunios y sus decepciones, se pasan la vida culpando a otros, a quienes acusan de incapaces, insensibles, envidiosos, perversos, malintencionados y traidores, y a quienes ven como, acusan de ser, y finalmente convierten en, enemigos. Detrás de esos comportamientos auto-destructivos, de los cuales el Ecuador está viendo un triste ejemplo en el ex presidente Correa, está una marcada inhabilidad para ver y entender la realidad y, al contrario, una notable tendencia a distorsionarla y a pretender que lo que es, no es, y que lo que no es, es.

Hay un segundo grupo de personas que no se definen, son equívocas, envían señales contradictorias, parecen a ratos encerrar potenciales positivos pero otros ratos potenciales más bien negativos, que prometen una cosa y hacen otra, que inician procesos a los cuales no siguen fieles, y nos llevan por todo ello, como en el caso del Señor Presidente Moreno en quien el Ecuador necesita poder confiar, a tener que preguntarnos si podemos o no confiar en ellas.

Detrás de esta realidad está, casi siempre, un insuficiente desarrollo sicológico y emocional, que no tiene por qué permanecer en ese estado incompleto, sino podría seguir avanzando hasta la plenitud.

Y hay un tercer grupo de personas que contribuyen a su propio bienestar, se mantienen en firme contacto con la realidad, la aceptan aun cuando no es agradable, no le huyen ni la distorsionan, y cuando cometen errores, tienen la capacidad para reconocer que los han cometido y la entereza para rectificar. Pueden, por ello, construir relaciones de confianza y, trabajando en el ambiente de buena fe que generan, contribuir al bienestar de los demás, entre quienes, con el pasar de los años, se rodean de amigos a quienes les unen lazos no solo de afecto, sino de profundo respeto y de la satisfacción de logros alcanzados, con frecuencia por medio de esfuerzos mancomunados, y otras construyendo sobre lo ya avanzado por otros. Detrás de ese tipo de comportamiento enormemente constructivo están un alto grado de madurez y un claro equilibrio interior entre, de un lado, naturales y legítimas aspiraciones de logro personal y, de otro, un humilde reconocimiento de que todos tenemos nuestras limitaciones, podemos errar, debemos poder rectificar, y de que más logramos siendo claros y rectos que sibilinos y tortuosos.

Kant escribió que del árbol torcido de la humanidad nada se puede esperar. No necesariamente coincido. Muchas, muchas personas sí permanecen torcidas, pero la reflexión madura endereza a algunas.