Carlos Alberto Montaner

Enemigo equivocado

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28 de June de 2011 00:02

Muchos jóvenes españoles se sienten indignados. Sufren un altísimo nivel de desempleo y se han lanzado a las calles a protestar. Algunos piden una huelga general. Curioso remedio. Algo así como cortarse una pierna para aliviar el dolor de un juanete.

Los indignados estiman que la sociedad y el Estado fallaron. Casi no hay puestos de trabajo y los que hay suelen estar mal remunerados. ¿Por qué? Sólo hay una respuesta razonable: porque no existen suficientes empresas exitosas que generen beneficios, inviertan y creen empleo. Si esas empresas existieran y fueran tecnológicamente avanzadas y competitivas, pagarían salarios altos para conservar a sus trabajadores. Es lo que sucede, por ejemplo, en Alemania, Suiza o Dinamarca. En esos países no pagan mucho porque las leyes así lo indican, sino porque producen lo suficiente para poder pagar mucho.

Los jóvenes españoles (y los griegos y portugueses) identificaron bien el síntoma, pero se equivocan en la solución. Si el problema radica en que faltan empresas ¿no es obvio que la solución estriba en conservar las existentes y crear lo antes posible las que se necesitan?

Si los jóvenes (y no tan jóvenes) indignados fueran capaces de pedirle al Gobierno las medidas requeridas para superar la crítica situación económica y mejorar el clima laboral, insistirían en reducir el gasto público; controlar la inflación para que el sueldo no pierda valor adquisitivo; vigilar la corrupción y el dispendio arbitrario, y crear sistemas rápidos y justos de arbitraje para solucionar los conflictos surgidos en el desempeño de las actividades económicas.

Carece de sentido exigir u ofrecer puestos de trabajo como si fuera un derecho. Esas son chácharas demagógicas de políticos en períodos electorales. Los empleos estables se crean en el seno de las empresas, terreno donde España y América Latina tienen un enorme déficit. Tampoco es razonable pedir a gritos y con amenazas que otros se esfuercen y arriesguen su patrimonio abriendo empresas para darles trabajo a quienes desprecian a los empresarios.

El debate debe centrarse en lo esencial: ¿por qué Portugal, España, Grecia (y América Latina) no han logrado algo parecido a las naciones escandinavas, Austria, Alemania, Holanda, Israel y otra media docena de pueblos laboriosos con economías más sólidas que las de algunos países del sur de Europa?

Desgraciadamente, no es este el enfoque entre los “indignados”. Suelen creer que el problema es por los excesos negativos del capitalismo y no por lo que realmente sucede: la debilidad tradicional del capitalismo empresarial en ciertas zonas del mundo, probablemente debido a comportamientos negativos fuertemente arraigados en la cultura. Sería muy útil que quienes protestan en las calles y plazas españolas dirijan su indignación al sitio adecuado. Me temo que no lo harán.