María Cárdenas R.

Encubierto

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Como mujer, porque lo soy desde el centro de mi ser, no me siento insultada. No es porque soy política porque lo hice con total integridad. Tampoco porque no soy guayaquileña porque, no lo soy, pero tengo inmenso cariño por esa tierra y respeto por sus habitantes. Todos somos ecuatorianos, mestizos, dejando de lado si somos medio indígenas, medio europeos, medio de cualquier lado y entre los miembros de este Gobierno hay apellidos de todos los tipos y algunos son casados con extranjeros, sus hijos, ahora deberán ser descalificados también por llevar esos apellidos. Menos porque me sienta ofendida por palabras insultantes tan repetidas que aburren, sin importar sus débiles variantes.

Un último edificio de carácter internacional fue inaugurado con mucha pompa y mil palabras y en el centro de su plaza se levanta la estatua de un hombre con apellido europeo, nacido en otro país latinoamericano aunque no recuerdo el color de sus ojos y menos el de su cabello. Al parecer, los insultos se dirigen solo a aquellos que no le gustan personalmente, pues esto evidencia una gran contradicción y, para nada encubierta. Hay hombres que sí pueden tener el apellido que la vida les da, el color de cabello y ojos que el destino les pone encima y, hasta ser convertidos en figuras medio heroicas, lo último discutible y, en cambio, al descubierto, ser alabados.

La belleza, única, de cada mujer, no puede ser utilizada como descalificación alguna. Las hay rubias y morenas, de ojos claros u obscuros, piel mora, blanca o café con leche. La belleza es un atributo que no se escoge, llega por herencia y, además, lo que para unos puede ser horrible, para otros es la perfección en su más alta expresión. La belleza, que en este caso también fue criticada, vino acompañada de otras cualidades de importancia, las que realmente nos deberían interesar: una inteligencia aguda, un deseo de trabajo inigualable, la ambición moderada para alcanzar una meta y, ante todo, la verdadera decisión de servir a su pueblo con la mayor diligencia. Así es esta valiente mujer, un modelo a seguir en muchos campos. Su género nos enorgullece, su inteligencia es un ejemplo y su profesionalismo en el trabajo, en el cual se desempeña desde hace algunos años, sin aspavientos ni demostraciones de prepotencia.

Admiro a las mujeres que sobrepasan sus límites, que soportan con integridad sus problemas, que se empujan a levantarse hasta en los momentos más difíciles y encuentran la fuerza interna complementada por una madura inteligencia, para dedicar su vida al servicio de los demás.

Doménica Tabacchi se merece el respeto de todos los ecuatorianos, sin importar su cargo y menos aún su componente racial. Lo que cuenta es su integridad, su dedicación, su entrega al pueblo de su ciudad y a través de ellos del país. Cuando, de la manera más despreciable, la descalificaron a una mujer, nos descalificaron a todos los ecuatorianos, a una comunidad mestiza, casados con muchas nacionalidades, cuyos hijos tendrán apellidos extranjeros, con pieles de mil colores, como sus cabelleras y sus ojos. Estos ataques son discriminación encubierta.

mcardenas@elcomercio.org