Fabián Corral

La emigración de las banderas

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22 de junio de 2014 17:36

Hasta hace unos años, las banderas fueron síntesis y símbolo político de las naciones, más bien, de las patrias. Herederas de los antiguos pendones, de las insignias guerreras, fueron la enseña de una tierra y de la cultura, y de las costumbres arraigadas allí o impuestas a la fuerza. Estuvieron asociadas con las fronteras y las religiones, con la afirmación de un modo de ser distinto de aquel por el militaba el vecino, el “otro”, el extranjero, el diferente.

Después, de a poco, superando toda la parafernalia nacionalista y militar bajo la cual se gestaron las banderas, esos símbolos se fueron metiendo en el alma de la gente. Y en un momento que nadie puede precisar, pero que habrá sido significativo en la historia de las sociedades, los pendones se volvieron elemento alusivo a la identidad de las personas. Emigraron de la política a la casa, de la marcha y del discurso a los patios de las escuelas; de la rotunda afirmación guerrera y nacionalista a la emotividad pura y simple del hombre de a pie. Se transformaron, sin que nadie sepa cuándo, en parte sustancial de la identidad de cada individuo. Algún día, impreciso y remoto, quienes vivían en el Departamento del Sur de la Gran Colombia, hicieron suya la bandera tricolor inventada por Francisco de Miranda, ese ideólogo y patriota, masón y prócer, a quien le hemos negado injustamente la memoria y el monumento que merece.

Parte de la historia de las repúblicas latinoamericanas es la historia de las banderas nacionales, y también, la historia de las enseñas provinciales, de las que portaban los caudillos, de las que inventaron tantos reyezuelos, cuyas anécdotas y episodios trágicos y pintorescos articulan esa eterna novela de realismo mágico de la que somos parte.

El capítulo final de la historia, quizá el más significativo, el más profundo por sus significados, es el que ocurre en nuestro tiempo: la bandera emigró de la fiesta patria -transformada en simple feriado- al estadio de fútbol y, sin necesidad de decreto ni de orden, se radicó en la camiseta que portan niños, jóvenes y viejos cuando juega la Selección. De la simbología política, la bandera espontáneamente viajó hacia la gente común. Y enraizó en la emotividad de cada hincha, en el grito que arranca cada gol, en la tristeza que suscita la derrota. Más aún, en estos días, los líderes son esos esforzados futbolistas, hombres del pueblo que han llegado tan lejos, y que, con gran dignidad, portan sobre sí la bandera y la enorme responsabilidad de representarnos.

Y ahora -qué bueno que así sea- hay que saludar a la bandera en cada semáforo y en cada camiseta de tantos hinchas que creen en ese país diferente y sin odios, entre los abrazos de los goles y las penas de las derrotas.

fcorral@elcomercio.org