Rodrigo Fierro

Eloy Alfaro y Cuba

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27 de June de 2013 00:03

Se sabe que uno de los santos laicos de mi devoción es el Gral. Eloy Alfaro. Me viene de familia: de entre los míos, numerosos los que abrazaron el Liberalismo Radical de don Eloy, los 'pupos rojos' carchenses, aquellos que en las luchas libertarias ante el enemigo parecía como que no tuvieran miedo. A los 16 años, mis propios pasos me llevaron a matricularme en el Colegio Mejía, laico por antonomasia. En adelante, librepensador, devoto de la Dolorosa del Colegio, defensor a ultranza de la libertad de expresión.

De ahí que la lectura del libro de Germán Rodas Chávez ('Eloy Alfaro y Cuba en el Siglo XIX'. CCE, 2013), superó mis expectativas, no tan alentadoras tratándose de un historiador socialista y de yapa formado como tal en la Universidad Nacional de La Habana. La rigurosidad histórica con la que se trata una temática compleja como resulta ser el libro en mención, despojada de esos sesgos ideológicos insufribles, me llevó al convencimiento de haberle leído a un escritor de izquierda que junto a Enrique Ayala tienen para mí el significado de ser representantes de una nueva Ilustración, la que se ha iniciado en Latinoamérica.

Don Eloy, respetable y respetado, de estatura pequeña y mirada imponente. Interlocutor de personajes tan importantes como Santos Zelaya, Joaquín Crespo, José Manuel Balmaceda, Anastasio Ortiz, Bartolomé Mitre, Ricardo Palma y, desde luego, de los más conspicuos revolucionarios cubanos de su tiempo: Martí, Maceo, Gómez. Nuestro don Eloy, cubierto el flanco más vulnerable de toda vida aventurera: Ana Paredes Arosemena, su esposa, de noble presencia, emparentada con los Arosemena, aquellos que le llevaron a Panamá a la independencia.

Para el Gral. Alfaro la independencia de Cuba, la Perla de las Antillas, un noble empeño, infatigable, sus propios recursos al servicio de esa causa. Pero eso sí, la independencia de España y también de los Estados Unidos. Definición inclaudicable, como cuando en el Tratado de París de 1898, España vencida cedió a los norteamericanos Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las Islas Guam. Para el Viejo Luchador, nuestro Alfaro, la independencia de Cuba, una empresa latinoamericana. El pensamiento de Martí respondía a su circunstancia insular: sus fronteras, la de su isla y la de Puerto Rico. El nacionalismo cubano hubiera sido bien explicado por Angel Ganivet.

No se crea que este estudio de Germán Rodas viene a sumarse así no más a los miles que se habrán escrito sobre Martí y la independencia cubana. A las propias visiones del historiador ecuatoriano se suman sus aportaciones como el haber dado con una carta enviada por el Presidente Alfaro a la Regenta Doña Cristina en la que con razones de peso, inclusive de conveniencia comercial para España, exigía la independencia de la última posesión española en América.