Fabián Corral

Elogio y defensa del burro

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26 de November de 2012 00:02

Cuando habíamos olvidado al burro y ya no recordábamos los tonos de su rebuzno, de pronto, vuelve el asno en insólita incursión política. Su entrada en ese resbaloso mundo fue sorprendente. Es penoso, sin embargo, que su retorno se cumpla en el contexto del intercambio de proyectiles en esta interminable guerra civil mental que nos enfrenta.

Pero, más allá de lo episódico, hay que advertir que el país olvidado y distinto tiene en el burro un recurso, un símbolo, una expresión de paciencia, incomprensible en tiempos de autopista e Internet. El burro no es solo caricatura o epíteto. Es un extraño personaje en la sociedad urbana que, hace tiempo, decidió darle la espalda al pasado e ignorar a ese mundo que evocamos fugazmente cuando vemos sus paisajes y sus gentes desde el automóvil.

El burro, persistente y sencillo, camina por nuestros lares desde hace 500 años. Benalcázar vino acá a causa del burro que mató en su remoto pueblo de Moyano. La pacífica acémila fue capaz de torcer el curso de la historia, y de convertirse en elemento inseparable del mundo campesino.

Yo asumo la defensa del burro. Para ello, hay que sacarlo del pantanoso terreno de la política. No es su lugar. Su sitio está en los polvorientos recintos de Manabí, sirviendo de cabalgadura a los niños montubios; está en los senderos serranos, llevando la carga dominguera entre rastrojos y pajonales, porque el burro aún existe como animal útil, como fuerza de trabajo.

No es simple recuerdo ni evocación poética, si no veamos cuántos burros acuden a las ferias de los pueblos; averigüemos cuánto aprecia el hombre de Charapotó a su burro costeño, y como echa de menos a su lanuda acémila el hombre del páramo, el que usa el sombrero por necesidad, por vivencia y cariño, y no por desplante o folclor.

Para algunos, el burro es personaje fastidioso porque simboliza, dizque, atraso y pobreza. El burro es parte de la incómoda conciencia de que no todo anda sobre ruedas por los caminos pavimentados del Ecuador ficticio. Para algunos, es apenas figura pintoresca que trae a la memoria las dulzuras de Platero, o las travesuras de Sancho en el inefable Rucio. Para otros, el burro es una posibilidad, una ilusión y un bien que cuidar.

El olvido del burro es síntoma de que el país de las autopistas y del "acelere" ha perdido la costumbre de mirar más allá de su vecindario. Mucho discurso y mucha soberbia hay en ese mundo. Poca humildad, ninguna visión que incluya, de verdad, a quienes montan en burro y comen mote sin afectación ni vergüenza.

El burro no puede quedar reducido a la dimensión de burla con que incursionó en la noticia. No. Es testimonio de un mundo con valores que vive junto al nuestro. Que el transitorio protagonismo que tuvo en estos días, sirva al menos para pensar en los que lo aman, necesitan y emplean.