Marco Antonio Rodríguez

¿Elogio de la corrupción?

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Columnista invitado

En ningún período de la historia se ha elevado a los altares a la corrupción. Un intento fallido para que esta aberración sea consumada lo relata Ernesto Renán en su Historia de los orígenes del Cristianismo. Recuerda a un emperador de la Roma decadente frente a su pueblo ávido arrojando una pocas monedas las misma que, según él, eran fruto de los saqueos obtenidos en su última conquista. ‘Esto es de ustedes –dijo a su pueblo- todo lo demás lo merezco’. Un escultor de poca monta esculpió un altar que cautivaba ese episodio con tan mala fortuna que al emperador no le gustó.

En algunos de nuestros países en los cuales se enseñoreó el difuso socialismo siglo XXI, la corrupción en todos sus siniestros rostros ha aparecido como apoyatura de líderes y lideresas ahogados en inmensurables acervos de dólares producto de la corrupción. Sin embargo, mientras los pueblos asisten al roñoso espectáculo de bóvedas y techumbres atestadas de dólares producto de latrocinios, los políticos niegan la corrupción que les asfixia, la exaltan, aduciendo que lo entregado, son excepciones o sobrantes que las empresas entregan por altruismo.

En espíritus corrompidos no cabe el honor. Detrás del paquidérmico empaque de los políticos truhanescos bulle la perversión, no tanto quizás por la riqueza per se, sino por su obscena codicia. ¿El poder es el gran corruptor? ¿O más bien opera el terror a perderlo el que desvanece todo valor en quien lo ostenta? ¿La corrupción, pandemia que nos ha asolado sin cesar, es tan antigua como el ser humano y constituye parte de la condición humana? La profanación de tumbas en Egipto es, quizás, el primer escándalo de corrupción que registra la historia.

Imposible omitir los manejos dolosos del erario nacional de los griegos. Demóstenes, el más grande logógrafo y orador griego recurrió a la fuga de la justicia que lo había condenado por usurpación de dineros del tesoro de Acrópolis. En los países que preconizaron el socialismo del siglo veintiuno, la corrupción ha llegado a las cotas más altas de nuestra historia republicana, más, quizás, por la autodefensa –estrafalaria y desvergonzada- de los políticos, que los enriquecimientos ilícitos. Líderes y lideresas son seres etéreos, níveos, impolutos, poseedores de la verdad, cuya omnisciencia les concede autoridad para elevar la corrupción a los altares.

El monumento a un político de un país hermano, atiborrado de inculpaciones dolosas y la entrega de nuestra más alta presea a su viuda y heredera de su poder y fortuna, saturada de juicios penales por corrupción, se erigen como dos de los estigmas más ignominiosos de la década extraviada. (En la retina de la historia pervivirán las imágenes de los dos embovedando dinero).

Pero todos somos culpables del infortunio, sumidos como estamos en un silencio cómplice de la cobardía.