Óscar Vela Descalzo

Las élites no leen

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Hace pocos días alguien me consultó sobre los índices de lectura que tiene nuestro país. Le respondí que en el 2014 se leía en Ecuador, cada año, medio libro por persona. Asumo que esta cifra, bochornosa desde cualquier punto de vista, no ha cambiado en los últimos años.

Pasado el estupor que provoca saber que tenemos el promedio más pobre de lectura de Latinoamérica, la charla se centró en la interrogante de siempre: ¿Quiénes leen más?

Mucha gente piensa que los lectores están situados en mayor proporción en las clases altas, pero me temo que esta apreciación es incorrecta. Los lectores en el Ecuador y en otros países de la región, en una abrumadora mayoría, son de clase media.

En términos generales, las élites no leen. Incluyo aquí, obviamente, a las élites económicas y a las políticas (que por desgracia para la sociedad casi siempre se funden en una sola categoría). Para demostrar lo afirmado basta acudir alguna vez a los eventos culturales que se ofrecen. Muy pocas ocasiones, salvo que se trate de un concierto de algún músico pop, se encuentran representantes de esas élites en una obra de teatro, en una función de cine independiente, en una muestra pictórica, en una librería...

Las élites viven de las modas, y si la moda es, por ejemplo, leer la novela erótica más vendida en Nueva York o Londres, ellos aparentarán que la han leído y comentarán sobre la misma con absoluta solvencia, de oídas, por supuesto, o esperarán la película para entender la historia. Si la moda, en cambio, es tener bibliotecas portentosas, las tendrán, aunque jamás abran ni ellos ni sus familiares ninguno de aquellos libros, o, lo que es más deprimente todavía, algún gurú les fabricará una biblioteca de apariencia maravillosa que solo muestra los lomos de miles de volúmenes desprovistos por completo de páginas y palabras.

Pocos días después de esta conversación, un amigo me envió el enlace de una entrevista en la que el presidente Obama, mostrando una vez más su elevada estatura intelectual, comentaba el rol esencial que han tenido los libros sobre él: “…
en esta era ruidosa y sobrecargada de información, los libros fueron una fuente de ideas e inspiración que me proporcionaron un renovado conocimiento de las complejidades y ambigüedades de la condición humana”. Citaba además sus lecturas y autores favoritos, y la forma en cada uno de ellos le ayudó a crecer tanto en lo personal como en su carrera política.

Como contrapunto, recordé que un político activo local dijo alguna vez que el último libro que había leído (seguramente en el colegio y por castigo) era ‘Las venas abiertas de América Latina’. Otros, por el contrario, muy sueltos de huesos y neuronas, afirman con asombrosa sinceridad que nunca han leído nada, y claro, eso se nota a leguas en cada una de sus actuaciones.

Ante estas evidencias, y, sobre todo, ante el nivel intelectual que exhiben nuestras élites cada día, ¿a alguien le quedan dudas sobre quiénes son los que más leen?

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