Gonzalo Maldonado

¿El fin del populismo?

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La noche del pasado jueves, el WTI alcanzó un techo de 50,8 dólares por barril. De esta forma terminó el rebote que el precio del crudo había iniciado hace cuatro meses y que, en esta misma columna, yo había predicho que podía llegar hasta 52 dólares por barril.

A partir de ahora, el WTI retomará la trayectoria bajista que comenzó hace poco más de un año y que puede llevar al precio internacional del petróleo a niveles de 20 dólares por barril.
¿El descenso definitivo del precio del crudo marcará también el final del populismo en Ecuador? Sin el dinero fácil del ‘boom’ petrolero será imposible poner en juego la herramienta principal de la demagogia populista: despilfarrar el dinero ajeno –el dinero de los ciudadanos– para que una facción gobierne sin un sistema de chequeos y balances.

Las oficinas del Estado ya no podrán llenarse de empleados con salarios mayores al promedio del sector. Tampoco será posible que hasta los cargos públicos de mediana importancia tengan chofer y asesores que le masajeen el ego de lunes a viernes. Hasta la propaganda machacona sobre el ‘milagro’ ecuatoriano deberá terminar.

De ahora en adelante será impracticable esa política manirrota de subsidios indiscriminados y sobreendeudamiento porque las finanzas públicas y la economía en general han entrado en una fase de pronunciada iliquidez.

El populismo se quedará sin su arma principal –el derroche de los recusos públicos– pero tendrá todavía otras: su retórica ideológica y su talante dictatorial. 

H. L. Mencken definía al demagogo como aquel que predica doctrinas que sabe falsas a hombres que presume idiotas. En los próximos meses vamos a escuchar a muchos de esos demagogos exigiendo sacrificios a las familias de ingresos medios y bajos –¡al pueblo digno y soberano!– en nombre de la patria o del “proyecto revolucionario”.

Se echará la culpa de todo a la dolarización o a los mercados internacionales o al planeta en general. Al interior del país también aparecerán enemigos internos, “los mismos de siempre”, como se les ha dicho con desprecio a quienes han osado criticar los desmanes políticos o la incompetencia en el manejo económico.

El torniquete autoritario también se apretará. A falta de dinero con el que comprar apoyos o silencios cómplices, el aparato de acoso y persecución empezará a trabajar horas extras. Ese es el destino irremisible del populista que nunca aprendió a dialogar ni a consensuar, sino solo a imponer unilateralmente su voluntad. Reformas como la reelección indefinida o medidas destinadas a maniatar aún más a la prensa se volverán inusitadamente importantes en la agenda de los próximos meses.

El populismo está herido, definitivamente sí. Pero aún está muy lejos de estar muerto.

@GFMABest