Juan E. Guarderas

El fanatismo por AP

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Yo empezaba mi adolescencia cuando Bucaram fue presidente de la República. A pesar de mi imberbe madurez fue allí cuando logré entender lo que significa ser un fanático.

No necesitaba una inteligencia superior para comprender que ese régimen era un desastre y una vergüenza nacional (las señales eran demasiado evidentes). Por eso, me espeluzné cuando mientras ejercía la función ejecutiva, Bucaram decidió ser presidente del club Barcelona.

Tuve entonces una conversación con una persona que tenía unos 40 años y apoyaba sin ningún matiz al equipo. “¿Pero tú sabes que el Presidente lo es también de Barcelona? ¿No te escandaliza eso?” Me respondió que sí le repugnaba, pero que el equipo estaba por encima de todo, y que lo apoyaba sin importar lo que ocurriera.

Odié aquella respuesta. Al consultar a mi padre, este me dijo, “Se trata de un fanático, no es alguien que apoye de forma racional”. Me pareció miedoso que a pesar de la desvergonzada maniobra de Bucaram, había un montón de gente que priorizaba un equipo de futbol sobre principios básicos.

Años después ocurrió la penosa victoria de Liga sobre Barcelona, con la descarada ayuda del árbitro. Liga perdía 3-2 al llegar los 90 minutos. Pero el árbitro Byron Moreno adicionó 12 minutos, con los que ese equipo empató y ganó el partido. Algunos amigos celebraban la victoria.

“¿Pero no les da vergüenza ganar así, con trampa? Deberían preferir que su equipo pierda antes que vencer irregularmente…” Pero les resbalaron mis palabras. Entonces comprendí, son fanáticos.

Durante años he intentado comprender la siquis detrás de los correístas. Y, aunque no he avanzado hasta el punto de poder explicar con claridad el origen de esa incondicionalidad, sí he dado con un concepto que me permite calificar ese apoyo: fanatismo.

La Real Academia Española señala que fanatismo es un apasionamiento desmedido. No hay límites ni medidas que desmedren el seguimiento al partido. Lo importante es que se ha hecho obra, sin importar su precio, sin importar las gravísimas denuncias de corrupción, sin importar que el contratista pueda no ser el mejor. No importa cuántos principios democráticos se rompan en esta administración, ni tampoco que aquello que AP tanto denuncia (vida de lujos, entreguismo del país a empresas extranjeras, dobles discursos, etc.) sea precisamente su modus operandi, lo que importa son las ilusiones y esperanzas que fabricaron.

¿Y? ¿Cuál es el problema que haya fanatismo? Pues que es una base clave para el exceso en el ejercicio del poder. Si no hay límites para el apoyo popular, no habrá normas que contengan al poder, ni habrá Estado de Derecho, ni justicia, y, por supuesto, no habrá democracia.