Manuel Terán

Más allá de una elección

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Cuando el pueblo retorne a las urnas en aproximadamente 10 meses, no estará en juego simplemente escoger a las nuevas autoridades que asuman el control del Estado para un nuevo periodo constitucional. El asunto es mucho más delicado que una simple elección.

Tiene que ver con diseñar una nueva etapa para la nación, que deje atrás la visión excluyente de un solo movimiento político, que en los hechos entendió la democracia como una simple rutina de acumular votos antes que en la forma de hacer gobierno. Y actuó como si el Estado únicamente hubiese sido constituido por ellos y conformado por los de su grupo, sin que tengan cabida ni opinión los que no comulgaban con sus tesis.

No será el tiempo de los predestinados ni de los que supuestamente posean la verdad absoluta en sus manos. El momento en que les corresponderá actuar demandará el concurso de la mayoría de las fuerzas políticas, de actores sociales, sin distingos, que converjan en un gran acuerdo nacional mínimo que ponga las bases para enderezar la maltrecha situación en la que hemos devenido, entre otras razones por el empecinamiento y tozudez de transitar por un camino que, pese a las advertencias, no era el adecuado.

No es una simple coyuntura. Es el momento de tratar de edificar las bases de un proyecto de país que, en democracia, con alternancia, sin intentar copar todos los poderes, establezca las condiciones en las que el país pueda desarrollarse. Que se instauren las reglas de juego claras para que los ciudadanos sepan, desde el primer momento, a qué atenerse y lleguen al convencimiento que la ley será el instrumento que les impondrá límites, pero que también les garantizará sus derechos inalienables.

Una etapa en la cual se pueda conciliar los intereses legítimos de los inversionistas con las pretensiones estatales y las aspiraciones de los trabajadores. La tarea será remar en una sola dirección. Si no existe un acuerdo básico en estos aspectos seguiremos de tumbo en tumbo, independientemente de quién transitoriamente ejerza el poder político. El país merece trazarse una ruta que convenga a la gran mayoría de ecuatorianos y esa no puede ser sino la que ha llevado al progreso y a la superación de la pobreza a muchas sociedades en distintas partes del orbe.

No se puede continuar en experimentos que se ha mostrado que constituyen un fracaso rotundo y son la evidencia de un pasado que hay que dejarlo atrás. El mundo vive acechado por los fanatismos, principalmente los de carácter religioso. Por lo mismo, evitemos elevar a la categoría de dogmas de fe a las posiciones políticas, que lo único que hacen es indisponer para alcanzar acuerdos a personas que deberían tener el mismo derrotero como nación. El camino de los consensos demandará tolerancia y respeto hacia los otros. El reto de redirigir al país por la senda del progreso y desarrollo exigirá a sus dirigentes claridad de ideas y la virtud de convencer a sus mandantes sobre la necesidad de su aplicación, para superar esta profunda brecha en que hemos caído. Los electores tendrán la decisión en sus manos.