Abelardo Pachano

Un ejemplo de perseverancia

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2 de August de 2013 00:00

El año pasado murió uno de los economistas que merecía el Premio Nobel pero no lo alcanzó por su humildad, sencillez y posiblemente debido a su convicción de que las metas se las alcanza con pequeños pasos, pero sostenidos en el tiempo. Postulado que no impactó en quienes deciden la concesión de este renombrado reconocimiento.

Albert Hirschman fue un notable pensador pero también un hombre de decisiones prácticas. Su legado deviene del crónico optimismo con el cual miraba al mundo en la búsqueda de las soluciones a la pobreza, la inequidad, en fin, al desarrollo.

Sus "pequeñas ideas", como las llamaba, de aplicación en el mundo real buscaban crear un ambiente de pruebas limitadas para el abatimiento de los problemas. Por eso se lo definió como un "reformista positivo" que buscaba transmitir el concepto del aprendizaje continuo como medio de para escalar a niveles superiores de bienestar.

Alemán de nacimiento y norteamericano por naturalización conoció los horrores del nazismo, los vivió en carne propia, lo combatió y por ello se convirtió en un convencido de los valores de la libertad y la democracia.

Vivió muchos años en Colombia, conoció a la economía latinoamericana y aportó con ideas, de corto alcance pero de ejecución sistemática, como camino hacia la solución de los problemas de la región, en una etapa llena de limitaciones y con muchas penurias políticas.

Durante los años de las dictaduras del Cono Sur fue un luchador por la defensa de los derechos humanos y con su trabajo consiguió proteger a muchos líderes demócratas y profesionales del asecho de los gobiernos de facto .

Fue un político convencido de acciones puntuales para conseguir las metas y los objetivos propuestos. Así trabajó toda su vida. Dejó muchos libros pero el publicado por el Fondo de Cultura Económica "La estrategia del desarrollo económico" es un hito de su forma de pensar, especialmente por haber colaborado al discernimiento de algunos dilemas como aquel derivado entre el crecimiento equilibrado y el desequilibrado, que tanto desacuerdo trajo en su momento entre los postulantes de la escuela ortodoxa y algunos pensadores disidentes entre los cuales participaba él.

Creía que el encadenamiento de efectos intersectoriales permitía tolerar desequilibrios temporales para la obtención de metas intermedias que no comprometían el mantenimiento de equilibrios futuros. Es decir, su visión se aproximaba, para otro mundo, otra época, con otros instrumentos a la keynesiana marcada por la crisis de inicios del siglo XX. Es decir, tolerar los desajustes que puedan ser manejables en el corto plazo, pero corregibles en el largo a fin de conseguir lo que se busca.