Jorje H. Zalles

Efectos de la intolerancia

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30 de April de 2012 00:02

En este octavo artículo de la serie que vengo publicando sobre la intolerancia, examinaré sus consecuencias en tres contextos: el de las personas que son objeto de ella; el de las sociedades en las cuales la intolerancia es alta; y el de las personas y los grupos intolerantes e irrespetuosos de otros.

Las personas que han sido objetos de intolerancia en cualquiera de sus expresiones -incomodidad, molestia, rechazo, desprecio o hasta odio y ánimo destructivo- por el solo hecho de ser ‘diferentes’, vestir ‘diferente’, hablar ‘diferente’, pensar ‘diferente’ (y qué triste resulta pensar que casi todos hemos sido objetos de una u otra de estas formas de intolerancia) conocen, con mayor o menor gravedad y dolor, el corrosivo efecto de esa intolerancia sobre la seguridad, la autoestima, la percepción del propio valor y las propias potencialidades. Los efectos corrosivos de la intolerancia hacia una persona individual llenan al alma de cicatrices y, de tiempo en tiempo, de heridas que permanecen abiertas.

Los efectos corrosivos se multiplican exponencialmente cuando la intolerancia es hacia un grupo o entre grupos dentro de una sociedad. Muchas sociedades en todo el mundo están plagadas de intolerancias grupales que contribuyen de manera importante a la violencia, a la baja productividad y a la desesperanza que lleva a las personas a emigrar en busca de mejores oportunidades. Como señaló Bolívar en su clásico lamento, contribuyen también al desorden social y a la ingobernabilidad.

En nuestras sociedades latinoamericanas, el machismo, el racismo y el clasismo son endémicos, la homofobia es alta, el abuso del poder económico, académico, político, policial, paterno, es común y frecuente.

Todo aquello mina la confianza del emprendedor, desestimula la búsqueda de soluciones reales y entrampa a la sociedad en estériles confrontaciones alrededor de temas de política pública que bien podrían resolverse con mayor respeto por el ‘otro’, un mayor ánimo de conciliación y una mayor voluntad de construir consensos.

Finalmente, ¿qué sucede en el alma del intolerante?

Tiende a endurecerse, y al endurecerse, esta tiende a ahuyentar al amor, a la gentileza y a la amistad abierta y sincera. Los grandes intolerantes de la historia, perseguidores de infieles y pecadores como Savonarola o los Grandes Inquisidores, tal vez se hayan sentido bien en el espléndido aislamiento de su percibida superioridad, y hayan pensado que el desprecio y el odio con que eran correspondidos era alguna suerte de premio a las “superiores virtudes” a las que se refiere Robert Dahl.

Pero para la mayoría de nosotros probablemente resulta más atractiva la perspectiva de mantener el alma menos dura y más abierta a la gentileza y al afecto.

Columnista invitado