Milton Luna

Luego de 9 años

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Según el discurso oficial, la educación y las carreteras son las dos cerezas del pastel triunfalista del régimen. Sin embargo, la educación es el producto más explotado, a nivel nacional e internacional, por la propaganda gobiernista.

Tan efectiva ha sido la propaganda, que en cualquier reunión internacional del tema, la experiencia ecuatoriana es resaltada; asimismo, a lo interno del país, buena parte de los opositores y comunicadores críticos reconocen a la educación como uno de los logros de Correa.

Tal apreciación, no solo es resultado de una propaganda eficaz, montada sobre datos ciertos de incremento de matrícula y construcción de edificios; sino es producto también de la progresiva desaparición de voces críticas que realizaban seguimiento de las políticas educativas; del amordazamiento del movimiento estudiantil que ha sufrido sanciones y cárcel; de una organización docente debilitada y dividida a propósito; y del silencio cómplice de muchas autoridades educativas (de una buena parte de universidades y colegios), maestros, ONG, “consultores”, cooperación internacional que, por miedo u oportunismo, decidieron callar sus críticas.

Sí, la maravilla de la revolución educativa desde el 2007 está sentada sobre el andamiaje de una estructura estatal controladora y poderosa, correspondiente a un hiperpresidencialismo, que no solo en educación, sino en todos los ámbitos, ha reducido los espacios de debate y construcción de pensamiento crítico. Uno de los que queda, la Universidad Andina, en estos días, podría ser copada por el oficialismo que, ante una eventual derrota electoral, ¿sería uno de los sitios para ubicar a algunos de sus cuadros desempleados en el 2017? En estos nueve años se encuentran avances, problemas no resueltos, fracasos y el afianzamiento de un modelo cuestionado, desde la mirada del humanismo. Se ha aumentado la matriculación en todos los niveles, pero persiste el abandono escolar y se incrementa el número de estudiantes en las mismas aulas, desbordando la actividad docente y reduciendo la calidad de los aprendizajes; se construyen colegios del milenio, pero se suprimen cientos de escuelas de comunidad en las zonas rurales indígenas afectando no solo a los niños y niñas, sino a la supervivencia de la propia comunidad; se incrementó de manera importante el presupuesto educativo, pero no se ha llegado al 6% del PIB, y la calidad del gasto está por ser evaluado.

Pero se ha afianzado un modelo educativo homogeneizante, discriminador y tecnocrático, que ha colocado a la evaluación como locomotora de una modernización educativa, funcional al mercado global, no destinada a la formación de integral de seres humanos mejores y productivos.

Si antes del 2007 estábamos mal en educación, en el 2016 recorremos las viejas rutas, pero pavimentadas.