Miedo político

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13 de agosto de 2014 16:43

Juan Cuvi
Columnista invitado

Un discurso cada vez más punitivo copa el espacio público. Basta escuchar al titular de la Supercom y su anuncio de unas reformas a la Ley de Comunicación que, al parecer, serán aún más estrictas que las actuales; o al Gobernador del Guayas y su advertencia a los eventuales invasores de tierras, a propósito de la entrada en vigor del COIP, para percibir un mensaje intimidatorio hacia la sociedad.

El endurecimiento de sanciones está directamente relacionado con la penalización de la vida cotidiana, y esta con la propagación del miedo. Es la renuncia a la conciencia y la responsabilidad ciudadanas como pilares de la construcción de una sociedad tolerante y solidaria. El miedo implica la derrota de la voluntad individual y colectiva, el sacrificio de la autonomía, la paralización del deseo y de la creatividad.

¿Están conscientes estos altos funcionarios, o los legisladores oficialistas, del costo que tiene para la sociedad esta terapia atemorizante? ¿Han reflexionado, a la luz de la experiencia histórica, a lo que se exponen a futuro?

En su escalofriante recorrido por el totalitarismo contemporáneo, Leonardo Padura (El hombre que amaba a los perros) nos propone una descarnada y angustiante reflexión sobre el miedo como recurso del poder político. Su novela es un complejo tejido de relaciones tormentosas, cuyo último destino no pudiera ser otro que la renuncia complaciente a la dignidad humana. Es una trama de pasiones brutales que pueden determinar la vida de un individuo tanto como la organización de un mundo. Es el relato de la sumisión, la traición, la degradación, el servilismo y la humillación de miles de revolucionarios en aras de un proyecto que se irguió sobre el terror, y que terminó devorando a culpables e inocentes por igual.

Y es que el miedo como forma de gobierno requiere de una permanente e interminable expansión; es como una infinita telaraña que termina envolviendo hasta a sus mentores y operadores.

“Sin miedo no se puede gobernar ni empujar a un país hacia el futuro”, afirma uno de los personajes de la novela para justificar el terror estalinista, aunque sepa que, tarde o temprano, tendrá que lamentar con su propia vida su dogmatismo y su obsecuencia con el poder. Porque todos los que en algún momento empujaron el puñal terminaron acuchillados.

Y no solo el entorno más cercano al poder cumple con su papel de legitimador permisivo e irresponsable de esta vorágine. También participa una sociedad que acepta o aúpa estas versiones destructivas de la política… una sociedad que termina por habituarse al miedo.

En un inútil y tardío intento por explicar el derrumbe de la utopía socialista, otro de los personajes de Padura se lamenta: “Pero, la verdad, no sé quién estaba más enfermo, si Stalin o la sociedad que le permitió crecer”.