De emblemas y dictadores

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14 de agosto de 2014 00:00

Fernando Tinajero
ftinajero@elcomercio.org

‘Emblemático” es un adjetivo que se usa para calificar a aquello que puede considerarse representativo de algo. Deriva de “emblema”, que es un signo o símbolo con el cual se representa una fe, una doctrina, un país. La cruz es un emblema para los cristianos y el tricolor compartido por Venezuela, Colombia y Ecuador lo es de cada uno de estos países y de sus respectivos pueblos. En el imaginario político de nuestra América morena, la figura del dictador ha sido emblema de todo un sistema político fundado en la exclusión y la dominación de una minoría, y lo ha sido de tal fuerza expresiva, que algunos de los mayores novelistas de nuestro continente han escrito obras memorables dedicadas a alguno de los dictadores históricamente conocidos, o a imaginarios dictadores que a su vez representan a los múltiples personajes con nombre y apellido registrados en los anales republicanos. Imposible es olvidar, en este contexto, esa novela extraordinaria del paraguayo Augusto Roa Bastos, en la cual, bajo el título de “Yo, el supremo”, aparece la figura del célebre doctor Gaspar Rodríguez de Francia; ni la clásica novela de Asturias en la que, bajo el nombre de “El señor Presidente”, aletea la sombra de Estrada Cabrera. Menos todavía se puede olvidar la insuperable “El otoño del patriarca”, en la que el estilo de García Márquez ha trazado la imagen de un decrépito dictador de edad indefinible que ha olvidado ya la fecha y la forma en que llegó al poder, y deambula por un palacio solitario que ha sido invadido por la voracidad de una vegetación tropical que ha convertido a los salones de otro tiempo en un paraíso de las vacas. El Ecuador no ha producido una novela equivalente, pero a finales de los años cincuenta, Benjamín Carrión publicó “El santo del patíbulo”, que muchos tomaron como una biografía de Gabriel García, aunque en el fondo es un alegato contra el doctor Ponce bajo la forma del más notable dictador que hemos sufrido.

En el lenguaje de estos tiempos hay ciertas palabras que parecen haberse convertido en verdaderos emblemas de los postulados políticos fundamentales, y las hay también que han empezado a gozar de la preferencia inocultable de las oficinas de prensa, hasta el punto que se ha hecho de ellas verdaderas muletillas. Una de esas palabras es precisamente “emblemático”, o su femenino, que empezó usándose para ciertas realizaciones que verdaderamente merecen ese calificativo, y ahora aparece aplicada a cualquier obra concluida. El hospital que se inaugura es siempre emblemático, y lo son también el puente, la escuelita, la carretera, y hasta las casitas construidas para alguna comunidad hasta ahora preterida. No quiero pensar, por supuesto, que la repetición tiene alguna intención ideológica, y menos aquellas que podrían vincular este recurso con la memoria tenebrosa del doctor Goebbels. Creo solamente que se debe a una preocupante pobreza del léxico de quienes deberían tenerlo rico, variado y convincente, o quizá a la premura de un trabajo que no deja tiempo para pulir las expresiones.