El incendio cobra vidas

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Nadie devuelve a la vida a los dos jóvenes de 19 y 20 años que las llamas devoraron. Nadie calma el dolor de sus seres queridos.
Nadie. Nadie sabe, tampoco a ciencia cierta, en qué factores se encuentran las causas de los últimos incendios forestales que han tenido en vilo a los pobladores de las montañas y valles aledaños a Quito en este verano. En uno de ellos hay sospechosos ya detenidos. Lo demás, luego de la primera chispa, es fuego abrasador.

La destrucción de miles de árboles, el trabajo denodado de las autoridades y el esfuerzo de los bomberos nunca tendrá tampoco suficiente agradecimiento de toda la sociedad, como lo merecen.

Los bomberos son gente diferente, distinta, mejor. Son seres que, como los socorristas, médicos y periodistas, van corriendo al lugar donde se produce una situación de alto riesgo, mientras los otros huyen, como dice un lema que enaltece a las personas de esa condición.

Más allá de clamar por una justicia eficaz que sepa juzgar con rigor a los causantes de los incendios. Más allá de pedir por mejor control y una investigación exhaustiva que logre desactivar a las mentes enfermas que cada año atacan a la naturaleza y a toda la gente.

Más allá de felicitar las labores de rescate y lucha contra el fuego de los bomberos, corresponde a la sociedad plantearse como tarea común una acción solidaria, responsable y concertada para estar vigilantes y nunca reactivos ni provocando intentos de justicia por mano propia. Es la mejor manera de honrar a nuestros dos jóvenes muertos ayer.