Una semana delicada

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El Ecuador se apresta a recibir a Su Santidad, el papa Francisco, en medio de jornadas tumultuosas.
La crispación marca la atmósfera. La polarización provocada por ocho años de insultos y descalificaciones detonó las protestas, a propósito de las leyes de herencias y plusvalía.

La reacción al anuncio del retiro temporal y del llamado al diálogo -que el mismo Gobierno no supo sostener con el talante adecuado- tuvo su pico en las últimas marchas de la semana que finalizó.

Multitudinarias protestas en Guayaquil, Quito, Machala y Cuenca dieron espacio a discursos desbordados que marcan una confrontación en vísperas de la visita del Papa.

La semana que se inicia puede ser un tiempo de espera, de tensa calma acaso, para que los actores políticos acojan la tregua que de manera oportuna y con atildada delicadeza plantea la jerarquía eclesiástica. Ello incluye no lanzar provocaciones.

Desde el punto de vista de los fieles, la visita pastoral, cargada de expectativas sobre el tono de los mensajes y la figura del primer Papa latinoamericano, merece un tiempo de sosiego.

Más allá de los preparativos, del uso de la imagen del Sumo Pontífice en propaganda oficial y de los inconvenientes en las ciudades en que desplegará su actividad -sobre todo en Quito-, hay expectativa en seguir el periplo papal.

En un pueblo mayoritariamente católico como el ecuatoriano, una segunda visita del Vicario de Cristo tiene trascendencia. Quizá su palabra sea un bálsamo en esta sociedad dividida por la política.