15 de March de 2011 00:00

ALERTA PERMANENTE

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Como hemos insistido en múltiples oportunidades, el Ecuador debe tener una política sólida de prevención de desastres. Es una responsabilidad colectiva frente al riesgo natural.

Hoy la tragedia de Japón, como hace un año los desastres de Chile y Haití, nos vuelve a despertar del letargo cotidiano hacia una actitud seria, responsable, que tiene que ver con la preparación de estrategias sostenidas para afrontar cataclismos.

Nuestra geografía es rugosa y los terremotos, erupciones volcánicas, los deslaves e inundaciones han sido una constante histórica que hay que saber comprender para desplegar políticas públicas bien diseñadas y eficaces.

En ese sentido, la alerta por el eventual tsunami que afortunadamente no ocurrió tras el terremoto de Japón, mostró la rápida respuesta y ágil movilización y nos queda una lección: es mejor prevenir que lamentar.

El riesgo de terremotos nos impone una técnica y competente formación académica a aplicarse con rigor en las facultades de ingeniería y arquitectura. Hay que cumplir sin flexibilidad alguna los Códigos de Construcción y se debe observar sus normas de modo irrestricto.

Es importante emplear los abundantes recursos públicos que se derrochan en campañas de propaganda políticas o ataques a los adversarios en cruzadas cívicas de prevención y educación social para casos de desastres.

Aplicar los planes con rigor, identificar las zonas vulnerables, reforzar las estructuras de cuarteles, hospitales y colegios que puedan ser empleados como albergues y garantizar una eficaz comunicación debe ser una prioridad.

No hay que olvidar que ante una catástrofe como la de Japón, Chile o Haití, el 60% de nuestras construcciones no resistirían. La precaución es cuestión de supervivencia.

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