Jorge Ribadeneira

Ecuador-Perú ¡Viva la paz!

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jribadeneira@elcomercio.org
En artículo publicado en este Diario, el excanciller José Ayala nos recordó que se cumplieron 17 años de un suceso importante de la vida nacional. En Brasilia, 1998, los presidentes Jamil Mahuad y Alberto Fujimori firmaron el acuerdo de paz entre el Ecuador y Perú, prometiendo que los dos países serían buenos amigos en adelante. Tal como ha sucedido hasta hoy y continuará por siempre, de acuerdo con los deseos expresados por los pueblos y los gobernantes de ambas naciones.

Así fue. Antes de la firma del acuerdo, los ciudadanos del Ecuador y del Perú manifestaron, en Quito y en Trujillo, su deseo de paz y de amistad. El presidente ecuatoriano Rodrigo Borja, quien preconizó un arbitraje papal, invitó a Fujimori a Quito. Fue un suceso. Los habitantes de la capital aplaudieron con entusiasmo al gobernanteperuano-nipón y certificaron que la paz era -luego de siglos de rivalidad y de jornadas bélicas- el anhelo ciudadano. Igual pasó cuando Sixto desfiló por las calles peruanas de Trujillo, según lo comprobamos personalmente. El bisabuelito fue ese día un ídolo.

Varios presidentes actuaron por el Ecuador en el proceso de paz, además de Borja y Durán Ballén: Bucaram, Alarcón, Mahuad. Por Perú siempre estuvo Fujimori, quien había ofrecido firmar la paz con el Ecuador. Por cierto, los gobernantes ecuatorianos dieron su aporte con sentido patriótico.

La prensa ecuatoriana brindó también su contribución. Lo hizo con lógico interés este diario. El aporte de EL COMERCIO fue significativo y es grato anotar que el autor de esta nota fue designado para cubrir ese tema, realizando una decena de viajes a Brasilia, Lima, Río, Washington, Asunción y Oporto.
Mahuad y Fujimori dialogaron por última vez durante la Cumbre Iberoamericana realizada en la bella ciudad portuguesa de Oporto. Lo que sucedió después es un recuerdo personal que me permito compartirlo. Terminada la cita, mi esposa y yo iniciamos un viaje en tren por Europa, comenzando por Lisboa y Madrid. En esta última ciudad recibí una llamada telefónica del subdirector de EL COMERCIO, Carlos Jaramillo, comunicándome -en nombre de doña Guadalupe Mantilla, la directora- que tenía un puesto disponible para mi persona en el avión presidencial que volaría a Brasilia para la firma de la paz. Me sentí obligado a viajar y, milagrosamente, obtuve dos asientos en American Airlines para trasladarme de Madrid a Quito y llegar en víspera del viaje presidencial a Brasilia. Pensaba que era un deber testificar la firma de la paz, aunque ese sentimiento no compartía mi esposa Tere, quien prefería conocer Barcelona. Con la novedad de que casi pierdo el viaje a Brasil por un mal informe sobre la hora de la partida. Menos mal que logré conectarme con el embajador brasileño Osmar Choffi, quien me informó inquieto que el avión debía iniciar su vuelo después de un cuarto de hora. Le pedí que solicitara al presidente Mahuad que el avión me esperara unos minutos en honor a mi largo viaje. Ignoro si algo de eso sucedió, pero cuando llegué al aeropuerto me lanzaron al interior de la nave de un empujón. Y fue así como aplaudí la firma de la paz.