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Ellos los silenciaron durante diez años, los persiguieron y acosaron, los amordazaron; los acusaron de ser corruptos, mentirosos, horrorosos, vendidos, sicarios... Trataron de exterminarlos, o, por lo menos, de doblegarlos, y en algunos casos lo consiguieron, pero solo excepcionalmente, pues los demás resistieron.

Ellos los consintieron durante diez años, les brindaron todas las facilidades para transitar a sus anchas por esa zona en la que podían cometer sus fechorías sin que nadie los viera, sin radares que los detectaran y sin oídos que los escucharan. Los volvieron invisibles y les brindaron homenajes; erigieron monumentos en su honor, los lloraron y se indignaron con los que los combatían. En algunos casos, pasándose por alto el discurso tuerto de la soberanía, les ofrecieron refugio, les entregaron generosamente una nueva identidad y les dieron nacionalidad. Los defendieron como hermanos, compañeros, ideólogos.

Los que decidieron investigar los hechos, viajaron a la frontera, escudriñaron, indagaron y rastrearon pistas.

Encontraron sobre todo lo que habían previsto: pobreza, desamparo, desolación y abandono, y entre todas esas miserias, un negocio enorme, inconmensurable e incontrolable. Descubrieron entonces que allí, en tierra caliente, el miedo es un dios poderoso y omnipresente al que todos veneran.

El olfato profesional los llevó hasta los territorios habitados por esa fuerza brutal que atemoriza a todos, y llegaron a lo que Conrad definió alguna vez como el ‘Corazón de las Tinieblas’, el lugar del que no ya no pudieron salir.

Los que hacían sus prácticas militares cuando se produjo la explosión fueron desarmados tiempo atrás. También fueron humillados, pero siguieron cumpliendo con su deber. Tras el estruendo llegó el caos y el estupor, y luego, casi de inmediato, el dolor de una realidad teñida de sangre, mutilada, herida, muerta…

Los dos, como tantos otros, alguna vez creyeron en sus discursos. Creyeron que en verdad había una revolución donde solo existían pruebas de la más espantosa corrupción. Comprendieron, aunque demasiado tarde, que su país ya no era una isla de paz, que aquella carretera que antes los llevaba a las extensas y verdes playas del norte y a los poblados comerciales de la frontera, ahora desembocaba en el terror.

Pero ellos, que demostraron una ambición sin límites, una desvergüenza y un cinismo ignominiosos, que durante diez años se dieron un pantagruélico festín con los recursos públicos, que dejaron las arcas vacías y los recursos pignorados, que creyeron que el poder era eterno y se confiaron en que la paciencia nunca se agotaría, que imaginaron que sus latrocinios jamás se descubrirían, ellos que nos dejaron en indefensión y solaparon y protegieron a los que hoy siembran el terror, se atrevieron a burlarse de las víctimas, y dijeron que todo era falso, que se trataba de un montaje como los que acostumbraban a urdir en su tiempo, ellos, los que aún deben responder por sus acciones y omisiones.

ovela@elcomercio.org