Milagros Aguirre

Siembra y cosecha

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Dicen los abuelos que quien siembra vientos, cosecha tempestades. Las semillas del encono han sido esparcidas desde hace más de 400 semanas, sistemáticamente y en casi todos los rincones del país. Los simientes del desprecio de unos hacia otros están echados, regados a diario mediante los discursos altisonantes, salpicados de incontinencia verbal y matizados con propaganda, música y fiesta, para disimular.

Esas semillas están compuestas de la descalificación y el descrédito de unos hacia otros, del prejuicio, de la intolerancia, del irrespeto, del abuso, de la corrupción, de la división, de los intereses individuales, de quienes están con los gobernantes o están contra ellos. Esas semillas de animadversión se han transformado en palabra. Palabra que se repite una y mil veces hasta volverse verdadera, única, irrefutable. Y repetida, por cierto, hasta el hartazgo.

Quizá, por ventura, esas semillas no hayan caído en tierra fértil. Ojalá que el viento se las lleve lejos y que no hayan echado raíces demasiado profundas. Ojalá que en esa cosecha, el fruto, que se ve apetitoso para el poder, no sea un fruto venenoso y mortal.

Ojalá que las consecuencias de esa siembra de resentimiento y antipatía no sean muertos y heridos en las jornadas de protesta que se acercan. Si así fuera, volverían un lugar desierto e inhóspito un país que ha sido multicolor y, sobre todo, que ha sido de paz entre sus gentes.

Si así fuera, ¿quién se hará responsable de semejante cosecha?
Habrá que podar las malas hierbas de la testarudez, del fanatismo, de la ceguera, falta de escucha. Habrá que extirpar las raíces de los delirios de persecución, de la desconfianza. Quitar de en medio las herramientas del espionaje y la pesquisa para ver enemigos donde no los hay; la intemperancia y el abuso para que no sean éstas el germen de la violencia. Ojalá que la cosecha luego de estos años de siembra, no sean las tempestades, los rayos y truenos, las inundaciones o sequías.

Habrá que hacer una minga para sacar las malas hierbas y las malas vibras del país, cortar de raíz el miedo a expresarse y decir lo que se piensa, el desprecio de unos hacia otros, la bronca y la rabia, para sembrar nuevamente semillas de paz, tolerancia, respeto, diálogo intercultural, reconocimiento de las minorías, justicia, equidad, respeto a los derechos y a las libertades.

De hacerse esa minga nacional se necesitará de buenos jardineros, con visión de futuro, con buen abono, preparados para esa poda y para una nueva siembra, con nuevas semillas. Consecuentes. Respetuosos. Capaces de dialogar. Capaces de mirar al otro sin descalificarlo. Capaces de dejar intereses individuales a un lado para poder conversar sobre el modelo de jardín que se quiere construir y sobre las plantas y arbustos que se deben sembrar.