Bernardo Acosta

Ecuador, meca de la libertad

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4 de September de 2012 00:01

El periódico El Ciudadano se queda corto cuando afirma que el Ecuador es “hogar de la libertad de expresión”. Este país es el hogar de la libertad en todas sus manifestaciones.

Tenemos libertad para pasarnos el semáforo en rojo durante algunos segundos después de que la luz amarilla se haya apagado; para pitar cuando queramos; para hacerle, sin razón, luces al de adelante; para detener el carro en la mitad de la calle, sin necesidad de orillarse; para circular a dos por hora por el carril izquierdo y, corolario de esto, para rebasar por el derecho.

Gozamos de libertad para dejar los materiales de construcción –de preferencia varillas, cemento y la mezcladora de rigor– en la vía pública; para celebrar los 15 años de la hija hasta las seis de la mañana –de preferencia con los parlantes apuntando hacia la calle; para orinar en la acera –de preferencia en la de al lado del Teatro Sucre; para quemar los bosques –de preferencia los de los alrededores de Quito; para triturar el lenguaje –de preferencia desde la cabina de una radio capitalina.

Hay libertad para todos: para una empresa de facturar jugosamente con un contrato público y para el poder clientelar de asegurarse un partidario más; para un ciudadano de esperar el bus en el lugar de su conveniencia y, por supuesto, para el busero de recoger pasajeros donde ellos estén; para pagar una coima y para recibirla.

Algunos hacen mejor uso de su libertad que otros. Por ejemplo, los que libremente destituyen diputados sin sustento legal; o modifican la Constitución que la Asamblea Constituyente aprobó antes de que sea sometida a referéndum; o meten la mano en la Justicia, el Parlamento, los organismos de control y la historia; o hacen que una reforma tributaria entre en vigencia, a pesar de que el Legislativo no la aprobó; o trafican narcóticos en un envío diplomático y no dan respuestas a las preguntas sobre ese escándalo ni el de las firmas falsas.

La Alcaldía de Quito tumba libremente árboles y concede libertad absoluta al comercio ambulante en el Centro. Un fiscal se abstiene libremente de recibir una denuncia de agresión, al igual que una asambleísta se esconde, haciendo uso de ese derecho, en el baño para no votar. Algún policía prende libremente la sirena de la patrulla para pasarse un semáforo en rojo; otro prefiere libremente sólo ver las placas y no a los conductores que se pasan el mismísimo semáforo en rojo. El Gobierno decreta libremente los estados de emergencia y otorga soberanamente un asilo diplomático para defender la libertad de expresión, mientras un par de ratas dejan a su albedrío sus excrementos en un quintal de arroz.

Todo esto ocurre no porque en el país primen la desconsideración, los amarres, el abuso de poder, la corrupción o la hipocresía, sino obviamente porque predomina la libertad para cualquier ciudadano o rata.