Fernando Tinajero

El poder de la palabra

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Estamos a las puertas de una conmemoración que corre el riesgo de pasar inadvertida: el día 21 de este ­mes se cumplen 268 años del nacimiento de Eugenio Espejo, el espíritu más libre que haya vivido en Quito durante los últimos años del régimen colonial español, y quizá el mayor ejemplo que podamos encontrar en nuestra propia tierra de lo que puede la palabra cuando tiene el valor de sacudirse del miedo.

"Conciencia crítica de su tiempo” le llamaron aquellos discípulos de Roig (Carlos Freile Granizo, Samuel Guerra Bravo y Jaime Peña Novoa) que dedicaron a su estudio un libro publicado en 1978. A pesar del tiempo transcurrido, aquel libro sigue siendo un referente para quienes se sienten atraídos por la figura de ese extraño personaje, mitad científico y mitad político, cuya pluma hizo estremecer a la pacata sociedad quiteña de su siglo. Pero luego fueron el mismo Carlos Freile (“Eugenio Espejo, filósofo”, 1983), Carlos Paladines (“Sentido y trayectoria del pensamiento ecuatoriano”, 1990), y sin duda el maestro Arturo Andrés Roig (“Humanismo en la segunda mitad del siglo XVIII”, tomo segundo, 1984), quienes nos ofrecieron después los más sesudos y penetrantes estudios sobre aquel personaje que estaba destinado, como suele suceder con los mejores, a ser convertido en varias leyendas que pocas veces coinciden entre sí.

De inmensa erudición, y consagrado al estudio de la naturaleza y de la sociedad, Espejo ha sido tomado sin embargo como un periodista y un revolucionario, cuando la verdad es que el primer calificativo no corresponde a la naturaleza de su obra, y el segundo es francamente exagerado. Es más propio y más acorde con su talante y con el trabajo que desplegó en forma incansable, verle ahora como un “hombre de letras”, como él mismo se consideró expresamente, y como un reformador, a quien no es seguro que se le pueda atribuir planes conspirativos para crear una república.

Pienso que la distorsión de la figura de Espejo obedece a una suerte de maniqueísmo que afecta nuestra visión de la historia y del presente, llevándonos a repartir hombres, ideas y trabajos entre dos extremos contrapuestos: si reconocemos en ellos valores encomiables, los calificamos sin más de “revolucionarios”, como nos gusta calificarnos siempre a nosotros mismos; de lo contrario, los tachamos de “reaccionarios” y les convertimos en el blanco de todos los anatemas con cuya promulgación nos sentimos siempre satisfechos.

Pero ocurre muchas veces, y tal es el caso de Espejo, que sus valores encomiables no pueden ir a ninguno de esos extremos: moderado cuando entendió que lo justo era serlo, fue también implacable cuando hubo de castigar los defectos de una sociedad que, según sus propias palabras, vivía en la más profunda ignorancia y en la miseria más deplorable. Si hubo gobiernos que le temieron, no lo hicieron porque hayan visto en él un peligro para la estabilidad de la monarquía, sino porque temieron por sí mismos. Ojalá esta conmemoración de su nacimiento pueda servir para acercarnos a su figura para conocerla mejor, limpiándolade mitos y leyendas.