Roberto Salas

Ecuador debe adaptarse

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Es hora de pasar de la justificación al reconocimiento, de generalidades a lo específico, de lo teórico a lo práctico.

Hay que reconocer que el país está en medio de una crisis. Si lo político supera la crudeza de la verdad económica, lo cual es previsible, el ajuste para todos los ecuatorianos será más doloroso.

Específicamente, el país perdió su motor de crecimiento. El que había se desgastó. Me refiero al gasto del gobierno financiado por petróleo caro y alta demanda China. En el proceso, los otros motores potenciales como la inversión y el consumo fueron minados poco a poco con desincentivos e impuestos. El tercer motor posible, las exportaciones, fue afectado por razones externas como el fortalecimiento del dólar, y menor demanda de Europa y Asia, y otra interna como la baja productividad del sector productivo.

La receta aplicada en teoría se entiende, pero es inefectiva en la práctica. Restricciones a importaciones, protección a una industria local no competitiva, mayor deuda para mantener en lo posible el gasto gubernamental, y pocas acciones sólidas para promover la inversión privada, son paliativos, pero no solucionan la recesión.

Más bien el riesgo de mayor recesión, en profundidad y duración, comienza a aparecer, y el fantasma de deflación asecha por algunos signos como la caída de demanda de créditos, menores ventas en las empresas, despidos, caída de los arriendos. El pronóstico del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre un crecimiento negativo por cuatro años, responde a la hipótesis de mantener un modelo económico que no puede generar soluciones.

¿Cómo se sale de esto si las medidas necesarias son anti populares, y si el reconocimiento de la situación puede ser negativo en un momento de elecciones?

Sólo habrá luces de corrección el próximo año con el nuevo gobierno.

Con un cambio en el nivel de confianza para atraer inversiones; la implementación de programas intensivos para mejorar el nivel de productividad interna que haga las exportaciones más competitivas, a pesar de un nuevo aunque gradual fortalecimiento del dólar; y el necesario redimensionamiento del Estado liberando recursos, permitiendo menores impuestos, y promoviendo la participación privada local e internacional. La mala noticia es que estos programas toman tiempo, y requieren una alianza colaborativa pública y privada. Por eso, el 2017 no se ve con buenos ojos. La buena noticia es que si se hacen las cosas bien, se podría esperar una recuperación hacia finales del 2018 y romper el vaticinio del Fondo Monetario Internacional.

No es fácil emprender cambios de rumbo, sobre todo en el Ecuador con 10 años de un gobierno que ha dado estabilidad. Pero es de sabios reconocer cuando el entorno cambia y la receta original deja de funcionar, por eso hay que aceptar que el Ecuador debe adaptarse.