Jorge G. León Trujillo

¿Regresa Ecuador a sus fantasmas?

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El Ecuador actual hace recordar al fin del período de Gutiérrez, Mahuad, Bucaram, Palacio, Noboa o Alarcón. Hay una efervescencia social por cambiar la situación. Las propuestas se multiplican sobre todos los problemas. Es una vitalidad colectiva muy positiva para una sociedad, a pesar del hecho que la sociedad civil ha sido maltratada desde el 2006.

Pero otra vez emerge el fantasma de querer cambiar con una nueva constitución, de refundar todo, de volver a empezar políticas y organización del Estado o repensar la religiosa idea de “redención” social no de crear otra sociedad. Como si Ecuador fuera una sociedad sin pasado, igual que el Gobierno ha pretendido que todo es cuestión de voluntarismo y de convencer sino imponer sus posiciones.

Una salida del Gobierno a la protesta creciente es lanzar una propuesta de diálogo sobre la sociedad que se quiere. Sería una ocasión excepcional que una sociedad lo haga, pues un aspecto decisivo para innovar es verse y construirse a sí mismo, con sus propuestas y proyecciones de futuro.

Esta autocreación como sociedad hará que Ecuador se afirme positivamente, no con el discurso chauvinista de que todo lo ecuatoriano es bueno, ni con el desplante del que vocifera y cree que por ello más vale, ni con la idolatría de los símbolos patrios aunque en las ideas y acciones no se construya país.

Ahora, cada uno quiere el diálogo desde sus intereses o ámbito, el Gobierno busca convencer “explicando” mejor ya que la gente pobre no debería apoyar a los oponentes. Es una ceguera que no permite ver el presente, ni el futuro. Se limita cada uno a su mundo, a la trivial disputa ante el otro.

Y una de las debilidades de este modo de actuar, como en los fines de gobiernos anteriores, es que se concibe el país como un mundo sin valor, en el que nada vale ni funciona, al que todo se debe cambiar, sobre todo lo recién hecho. Sin embargo, el Ecuador que fue “isla de paz” fue un privilegio en el mundo, la seguridad, el no usar la pistola para resolver elementales divergencias es la primera de las ventajas en el mundo.

Correa desperdició la oportunidad de oro, con dinero y una sociedad presta a seguirle, luego de la fatiga colectiva ante la inestabilidad. Eso permitió que tanta gente confiara en él y esperaba definir un país más viable, encaminado a resolver sus problemas de fondo. Un país así de disponible no es muy común, pero no hubo proyecto para ello, ni visión de la sociedad ni de lo que Ecuador era y podía ser. Otra vez se pensó al país desde su ámbito o alrededor o con ideas muy generales que no encuentran la realidad propia.

Así, un fantasma del cual debería liberarse la sociedad ecuatoriana es priorizar la disputa primaria que lleva a cada vez patinar en su propio lodo y a encerrarse en su aldea sin ver el país en perspectiva, en un mundo que no se puede ignorar y con el que se debe convivir.